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Revitalización de la guerra del capital contra el proletariado

Actualizado: hace 5 días

“quiero que sepan que no están solos…

la verdad estamos luchando…

me avergüenza mucho ver como el gobierno de mi país los está tratando…

yo juro no parar de luchar”

Renee Nicole Good.




El último mensaje que Renee Nicole compartió por las redes, antes de ser asesinada por fuerzas del ICE, evidencia el grado de persecución al que está sometido el proletariado migrante en los EEUU. Su ejemplo y sus palabras son valiosas porque dan cuenta de cómo el sentimiento de injusticia se traduce en solidaridad efectiva y en lucha decidida para contener y superar un orden injusto. A la vez, su caso se torna muy valioso para comprender que la revitalización de la guerra del capital contra el proletariado no se limita a la fracción migrante, sino que también cae en forma desmedida sobre una buena parte del proletariado norteamericano.


La feroz cacería contra el proletariado migrante descansa en un criterio abiertamente racista y funciona en forma similar a la empleada durante la Alemania nazi, aunque esta vez es más descarada y universal. Tal condición ha despertado una línea de solidaridad y defensa que está creciendo entre los trabajadores y sectores medios dentro de los EEUU, y podría rebasar sus estrechos límites éticos y partidistas en la medida que se vincule a la declinación en las condiciones de vida que vienen padeciendo trabajadores de ese país, afección evidente en los altísimos costos para acceder a condiciones básicas como educación, salud o vivienda. Esto es lo que puede ayudar a explicar las repetidas e intensas oleadas de movilizaciones, por ahora limitadas a exigir a que cese la represión, o contra lo que cada vez más claramente se nombra como tiranía.


En todo caso, los hechos evidencian que, en la actual fase de crisis y transición, el capital muestra a los trabajadores su rostro más autocrático, postura que asume sin tapujos frente a la necesidad de incrementar la rentabilidad para hacer sostenible la acumulación de capital en medio de las agudizadas condiciones de competencia mundial.


La anterior aseveración parece chocar con las afirmaciones del gobierno de los EEUU de que es “pro-trabajador”, en el sentido de buscar una economía donde “nuestros propios trabajadores” se beneficien de “una prosperidad de base amplia”, de acuerdo a la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional-NSS. Es importante notar que el mismo documento identifica a la competencia y el mérito como los fundamentos característicos de su civilización y su bienestar, principio superior mediante el cual se justifica que una élite concentre los beneficios del crecimiento económico, pero que además sea ella la llamada a regir los destinos de la sociedad. Por eso mismo, las posturas que plantean objetivos de igualdad son denigradas como “ideología radical” que defiende el “status”[1], siendo por tanto peligrosas, en clara alusión a las políticas de inclusión positiva dirigidas a grupos de acuerdo a raza, origen o sexo. 


Corresponde aquí considerar algunas condiciones que empujan esta revitalización de la guerra del capital contra los trabajadores, en “occidente”. En particular es importante revisar si los objetivos que actualmente se propone el gobierno de los EEUU, respecto de su reindustrialización y su hegemonía en la producción de tecnología, son congruentes con el objetivo de incluir en el bienestar a los trabajadores nativos. Estas reflexiones que resultan además importantes para el resto del proletariado de América Latina, puesto que las relaciones vigentes en el centro capitalista tienden a imponerse como modelo y límites en las relaciones laborales y de explotación de los otros países.



  1. Condiciones de productividad en los EEUU


El documento de la NSS deja bastante clara su preocupación frente al empuje productivo y competitivo del capital chino. Tal inquietud tiene uno de sus basamentos en la creciente desventaja en productividad laboral estadounidense, dificultad que abarca varias décadas como lo deja ver el cuadro No 1. Esa progresiva desventaja trata de ser compensada mediante reducciones salariales y con redistribuciones del ingreso en favor de los capitalistas, afectando las condiciones de vida que caracterizó al proletariado de los EEUU hace varias décadas.



Al respecto se puede considerar que el ingreso en los EEUU creció durante el periodo de 1947 al 1979 en un promedio del 2,3% (para los cinco quintiles), siendo un poco superior para el quintil más bajo. En cambio, para el periodo 1980-2000 la tasa promedio se contrajo y fue mucho más desigual. El ingreso se redujo para el quintil más bajo (-0,4%), mientras que mantuvo un crecimiento del 1,6% en el quintil de mayor ingreso,  mientras los tres quintiles intermedios sólo avanzaron en promedio al 0,3%.


A su vez, la redistribución en favor del capital es notoria desde inicios de los ochenta, evidenciada en una caída sostenida de la participación de los salarios sobre el ingreso total (salario relativo), pasando del 67% a al 59% en 2002[2] y bajando al 52% en 2010[3]; lo que no fue modificado por el corto ciclo de crecimiento entre 2015 y 2020. Esa predisposición a castigar los salarios en favor del capital ha implicado  incluso crecimientos del salario muy por debajo de la misma productividad, tal como lo evidencia Shaik (2016) para el sector manufacturero[4].



El deterioro en el crecimiento de los ingresos laborales necesariamente lleva a pérdidas en las condiciones de vida. Así, por ejemplo, la esperanza de vida al nacer se ha estancado en las dos últimas décadas en los EEUU, generando una diferencia significativa en la evolución de ese indicador con respecto a China, tal como lo refleja el gráfico No 1. En ese contexto también la tasa de pobreza tendió a crecer en las últimas décadas, en particular desde la pandemia, pasando del 11,8% al 12,9% entre 2019 y 2023[5]. Esa brecha en las condiciones de vida se agudiza cuando se tienen en cuenta las diferencias por estratos de ingresos, sexo, raza o localización geográfica.



  1. ¿Es factible una reindustrialización acompasada con un bienestar de base amplia en los EEUU?


Ante el panorama anterior, la pregunta que sobreviene es si el propósito de reindustrializar la economía de los EEUU y mantener ventajas en la innovación productiva son compatibles con relaciones sociales que permitan incrementar los niveles de empleo, ingresos y bienestar de todos sus trabajadores nativos. Como referencia, vale recordar que las mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores de ese país se lograron, con mayor énfasis, durante el periodo en que reinó el pacto interclasista característico del New Deal (1930-1980) y sus políticas del Estado del Bienestar, las que fueron sostenibles mientras la productividad crecía y se manifestaba en ventajas competitivas en el mercado mundial, haciendo compatible la acumulación de capital con cierto grado de redistribución del ingreso. Ese marco fue resquebrajado por la crisis desde los setenta, situación “administrada” mediante la permanente reducción del salario relativo, como antes se describió.



Por lo pronto, en forma coyuntural, la pretensión de relanzar la estructura productiva industrial en los EEUU no logra dar mayores frutos. De acuerdo a los datos del U.S. Bureau of Economic, la variación porcentual del producto manufacturero se mantiene amortiguada desde fines de 2023, como lo muestra el gráfico No 2. En esa dirección, un artículo reciente del WSJ señala que sólo en diciembre el sector perdió 8.000 empleos y desde el llamado “Día de la Liberación”, cuando Trump elevó unilateralmente los aranceles, habrían desaparecido unos 200.000 mil puestos de trabajo en el sector[6].  A nivel del agregado del mercado laboral se crearon alrededor de 584.000 empleos en los últimos 12 meses, frente a los más de 2 millones de empleos en 2024, el último año de la presidencia de Biden[7].


Sin embargo, el problema es más de fondo, porque el reto de compatibilizar reindustrialización y bienestar de base amplía se presenta difícil en la medida que la presente revolución productiva descansa en la combinación de IA + robotización. A eso se agrega que tal cambio sucede en un contexto donde el gigantismo empresarial es necesario para la reducción de costos unitarios a fin de enfrentar la agudización de la competitividad mundial. Esas dos condiciones refuerzan el uso de mayor capital constante y generan expectativas creíbles de que aumente el desempleo, y por sobre todo la fracción del proletariado sobrante. Surge así una diferencia fundamental respecto del leve ciclo de crecimiento de la década de los noventa –cuando se extendió la micro computación y el internet- cuando el discurso de la Nueva Economía prometió a los trabajadores de alta calificación -capital humano- mejoras sistemáticas en sus ingresos, proposición que fue derribada por las crisis de 2002 y 2008, momento desde los cuales se ha evidenciado su franco proceso de proletarización e incluso de precarización.


Esa “nueva” tendencia no hará más que profundizarse en medio la presente ola de innovaciones, porque “actividades cognitivas y logísticas pueden ser realizadas hoy por IA a muy bajo costo. Según las proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) en las economías más desarrolladas las ocupaciones que serán remplazadas en las siguientes décadas en al menos un 40% por IA son: intermediación financiera, enseñanza, comercio, servicios públicos, salud, transporte y telecomunicaciones, algunos sectores de la industria y minas y canteras”[8]. En esa dirección se ha estimado que hasta 2030 el impacto sobre el empleo en los EEUU sería del 6%, afectando a 10,4 millones de puestos de trabajo, cifra que podría ser aún más elevada, de acuerdo a otros estudios[9].


Por tanto, es concebible que el capital de los EEUU logre consolidar los avances de la actual revolución tecnológica y sostenga su paso competitivo frente al capital chino, permitiéndose incrementar la productividad total, es decir su capacidad para succionar plusvalor. Pero a su vez, es muy factible que las ganancias en productividad mantengan la tendencia a concentrar aún más la propiedad y el ingreso, en un país donde el sector tecnológico concentró el 22% de la masa de ganancia en el 2023 [10]. Además, en esa dirección apuntan las medidas políticas de Trump, al reducir impuestos a los magnates capitalistas y denostar políticas redistributivas que amortigüen los impactos negativos sobre las familias proletarias. Por tanto, lo que se identifica es que el propio movimiento del capital a centralizarse es reforzado por las políticas de Estado, inclinación que ideológicamente se justifica como el premio a la meritocracia, tal como lo plantea la NSS. Por eso, es esperable que los potenciales beneficios del cambio en curso sólo sean percibidos por la plutocracia que domina la interacción entre finanzas, tecnología y política, andamiaje social que tiene sus personajes más visibles en el binomio Musk- Trump.


A corto plazo, frente al creciente miedo de que el capital chino cobre una ventaja decisiva y pueda minar el poder central que ejerce el capital desde los EEUU, se está produciendo una respuesta desesperada por contar con el máximo de recursos para enfrentar la batalla. Para lograrlo, el capital dirigido desde los EEUU concibe la necesidad de potenciar las ganancias de las grandes corporaciones y los fondos de inversión a fin de animar la reinversión en los sectores tecnológicos de punta, esperando convertirlas en una fuerza capaz de impedir el avance de China. Y en el cumplimiento de ese objetivo se muestra dispuesto a sacrificar las condiciones de vida de una buena parte del proletariado de ese país, tal como viene sucediendo.



  1. El sentido de la persecución al proletariado migrante


Desde lo anterior es posible ubicar el sentido político de la persecución y cacería sobre el proletariado migrante, pudiéndose identificar dos objetivos: i) en forma preventiva reducir población sobrante y con ella el gasto social que requiere, permitiéndose a la vez ampliar, en lo posible, la oferta de puestos de trabajo para el proletariado nativo; y, ii) desmoralizar y disciplinar al proletariado nativo mediante la naturalización del uso desmedido de la fuerza, objetivo en el que el discurso nacionalista, anti-drogas y anti-terrorista es muy útil -tal como lo ha sido en otras regiones como América Latina- porque justifica una guerra permanente de baja intensidad contra toda organización social o proletaria que pretenda la defensa de sus condiciones de vida. Una muestra clara de esa tendencia estriba en la manera brutal como viene actuando el ICE contra ciudadanos de ese país y otra se localiza en la militarización descarada de varias ciudades (Los ángeles, Washington, Chicago, Memphis, Nueva Orleans), siendo también un claro indicador el hecho de que Trump plantee invocar la Ley de Insurrección en respuesta a las protestas de Minessota, o que incluso haya “jugado” con que “ni siquiera deberíamos tener elecciones” en noviembre.


Y en esta nueva embestida contra los trabajadores, la punta de lanza no se limita a la cacería del proletariado migrante, sino que también se extiende contra las mujeres, en la medida que se pretende restringir los avances en sus derechos, en particular los asociados al aborto. Aquí se juntan el discurso conservador, religioso y nacionalista al defender el supuesto papel natural de las mujeres al interior del hogar, en particular de su función reproductiva. Tal política tiene por objeto reducir la presión sobre los puestos de trabajo, pero a la vez dar respuesta a la aguda caída en la tasa de natalidad en los EEUU, que descendió del 14,7% en 2000 hasta el 10,9% en 2024[11]. Este último aspecto es relevante para mostrar la intensidad de las contradicciones del capitalismo, en tanto le sobran proletarios, al punto que desata su cacería y expulsión violenta, pero a la vez demanda de cuerpos jóvenes a sacrificar, pues se supone que la nueva generación debe tributar su vida al dios capital para sostener los lánguidos y limitados sistemas de seguridad social de los mayores.


En resumen, para el gran capital centrado en los EEUU es claro que su actual disputa con el capital chino implica intensificar la guerra de clases al interior de Norteamérica, e incluso en áreas como Latinoamérica. Al tener claro que no cuenta con la pujanza de otrora para reestablecer un pacto interclasista con su base obrera -condición que sí es posible para el capital chino, debido a la juventud de sus fuerzas productivas y manifiesta en su creciente productividad-se salta hacia la ideología liberal radical que abiertamente justifica la centralización de los beneficios del crecimiento en manos de la plutocracia que pretende gobernar el mundo desde los EEUU. 



  1. Algunos efectos para el proletariado del “sur”


La persecución –de tipo racista- contra el proletariado migrante no se limita a los EEUU. La muy “democrática” Europa también la aplica con rigor desde hace años contra los trabajadores de Asía, América Latina y por sobre todo contra los de origen africano. Sobre estos últimos han caído las guerras promovidas por el capital de la UE y los EEUU, viéndose forzados a emigrar hacia Europa. Sin embargo, allí la política preventiva ha obturado las rutas de acceso por el Mediterráneo facilitando la muerte de los migrantes por ahogamiento, de modo que se asesinan cerca de 2.400 personas al año, masacre en curso de la que poco se suele hablar. A esto se suma una creciente ola ultranacionalista y conservadora que ve en los migrantes a sus enemigos, promoviéndose una guerra al estilo trumpiano.


En el caso de América Latina hay que tener presente que la oleada de protestas contra la crisis y su profundización mediante las políticas neoliberales dieron lugar a los gobiernos progresistas, los que fracasaron totalmente en el objetivo de modificar la estructura productiva primaria y dependiente, ampliándose a la vez el retraso tecnológico con los centros capitalistas. También es importante recordar que la aplicación de las reformas laborales que flexibilizaron los contratos laborales y redujeron la participación de los salarios sólo permitieron que el capital mejorara temporalmente sus tasas de ganancia, sin que ese cambio se tradujera en incrementos reales y significativos de la inversión real. Estos elementos explican la persistencia del trabajo precario y la creciente expulsión de trabajadores hacia los EEUU, la que pudo sobrepasar los diez millones de personas entre 2006 y 2024[12].


Hay que tener en cuenta que la cacería del gobierno de los EEUU se planteó expulsar un millón de migrantes al año, y que algunas fuentes estiman que las deportaciones forzadas en 2025 pueden acercarse a las 600 mil personas, debiéndose sumar cerca de 1,6 millones de salidas “voluntarias”. Esto significa un inusitado contraflujo de personas que regresan en busca de empleo y condiciones de vida en los lugares que debieron abandonar porque no las encontraban, generándose una presión sobre el mercado laboral, sobre los presupuestos de gastos sociales, y sobre la ya excesiva masa de proletariado sobrante para el capital. Este contraflujo de población trabajadora refleja un fenómeno nuevo, en el sentido de que hay una parte de ellos que ya no tienen a dónde ir y por sobre todo de qué sobrevivir, situación límite que ayuda a explicar el auge de las bandas que conforman la industria del crimen, que tiene facilidades para reclutar y reemplazar personal, problemática que pasó de ser un fenómeno local o anclado a Colombia o México para extenderse a todo el continente.


Lo peor, es que este contexto de crisis social profunda también toma la forma de “violencia descarrilada”, condición que también es aprovechada en forma ladina por los representantes del capital en su ala de ultraderecha. Tal situación se utiliza para justificar medidas autoritarias y militaristas contra la población trabajadora en América Latina, tal como sucede abiertamente en El Salvador, Ecuador, Argentina, y se promete para Chile. Pero además funciona como un vínculo programático e ideológico muy efectivo que facilita la recolonización descarada de Latinoamérica, en tanto los partidos de derecha y ultraderecha se arrodillan y complementan las políticas del capital de los EEUU, permitiendo que los “cañones” situados en el Caribe extiendan tranquilamente su poder de fuego sobre todo el continente.


Además, en la nueva embestida del capital se renueva la descarada combinación de tácticas usadas en Colombia desde hace varias décadas. Nos referimos al uso de reformas laborales, persecución judicial y represión militar, de las que también echaron mano ampliamente las dictaduras en Argentina, Chile o Brasil. Así, el discurso abiertamente autoritario y el uso cínico de la represión bajo gobiernos supuestamente democráticos vuelve a caracterizar el momento de crisis y transición en Latinoamérica. De tal cambio son elocuentes las medidas que tranquilamente se toman en El Salvador, Ecuador o Argentina, corriéndose el riesgo de que esa forma se extienda a México y Brasil.


Al respecto, el proyecto de reforma laboral impulsada por Miley en Argentina, reproduce las fracasadas tesis de que la flexibilización laboral deparan bienestar a los trabajadores. Es así que uno de sus propósitos es eliminar la indemnización por despido (Art 245 Ley 20744, que dicta un mes por año ante despido injustificado, debiéndose sumar todos los sueldos y salarios), creando en su lugar un Fondo de Asistencia Laboral-FAL al que aportarían sólo un 3% de la nómina los empleadores y desde el cual se cubrirían las indemnizaciones; agregándose que el patrono puede descontar esos tres puntos de los aportes al fondo de jubilaciones, y se le rebaja otro punto de recorte a obras sociales, viéndose afectados los recursos del sistema previsional. También propone “acuerdos” –que por supuesto serán de tipo gansteril-  entre trabajadores y empleadores para administrar el tiempo de trabajo, permitiéndose jornadas hasta de 12 horas, de manera que elimina el pago de las horas extras y lo reduce al eufemismo de un banco de horas voluntario.


La reforma laboral de Miley también permite fraccionar el periodo de vacaciones y que éstas se den en cualquier momento, reservando sólo una semana para el periodo de verano; alarga los periodos de prueba, extendiéndolos a seis meses para el personal de casas particulares, y hasta ocho meses para trabajadores agrarios permanentes, en un país donde la producción agraria es la base de las exportaciones, facilitando el despido sin causa ni indemnización en los sectores más vulnerables, a lo cual suma la exclusión de la misma Ley de protección a los trabajadores de plataformas tecnológicas. Además ataca seriamente la continuidad de derechos logrados a través de las contrataciones colectivas, poniéndole fin a las clausulas una vez se venzan, dejando en ese espacio de tiempo sólo en pie las normas mínimas legales, con lo cual un alargamiento en las negociantes deja en el piso a los trabajadores. Asimismo, se suma una fuerte restricción a la lucha sindical por dos vías: impone que los sindicatos cubran los costos del proceso si el juez considera el reclamo fue “sobre-estimado” o “temerario”; y al ampliar la lista de servicios esenciales fijándoles un piso mínimo de 75% en su prestación normal. Y, entre muchas otras más, se ataca la base económica de los sindicatos, al impedir que empleadores descuenten lo relativo a la cuota sindical en forma automática de la nómina, dejándolo a voluntad de cada trabajador.


Y mientras se embisten las bases legales que defienden los ingresos salariales al capital se le reducen los impuestos: impuesto país, a la transferencia de inmuebles y reducción de 3 puntos sobre las ganancias. A ello se suma el blanqueo de capital que se estima entre 25 a 30 mil millones de dólares, en un contexto donde el autócrata de Miley arguye que “entre la mafia y el Estado prefiero a la mafia. La mafia tiene códigos... La mafia compite”. Afirmación que claramente condensa el tipo de capitalismo gansteril que se viene promoviendo en el “hemisferio”.


El propósito de derrumbar los pocos derechos que protegen los ingresos de los trabajadores también ha sido ya esbozado por José A. Kast en Chile. Al igual que Miley propone sustituir la indemnización por despido por un fondo de ahorro individual, también propone flexibilizar la jornada laboral y crear el banco de horas. Promueve la propagación de trabajos por horas, y acuerdos (gansteriles) de flexibilidad, en los que se elimina los convenios sectoriales y los reduce a pactos por empresa o individuales. De la misma manera propone ampliar la lista de servicios esenciales y su cota de funcionamiento mínimo. Siendo un puntal decisivo su declaración de que la Dirección del Trabajo es un agente del comunismo y por tanto le recortará sus facultades de inspección y fiscalización, función mediante la cual se “protege” al trabajador del abuso patronal. En resumen, lo que se propone es regresar al Código Laboral de José Piñera de 1981, característico de la dictadura de Pinochet, mediante el cual se limitó la negociación colectiva y se atacó a los sindicatos.



  1. La perplejidad de la “izquierda”


Entre los pasados años sesenta y setenta brotaron dos corrientes que, como otras veces, se autodenominaron “nueva izquierda”. Una de ellas –la eurocomunista- procuró ampliar las políticas keynesianas y administrar el capitalismo en dirección a profundizar las políticas redistributivas del ingreso, orientación que con su perplejidad fue derrumbada por la crisis capitalista y en su reacomodamiento pasó a aplicar las políticas neoliberales. La segunda criticó al “capitalismo administrado” (de occidente y la URSS), por ser un producto de la modernidad occidental, abogó por formas de lucha descentradas (sobre todo respecto del proletariado) en la identidad o la diferencia, y logró influencia en movimientos étnicos, de mujeres, ambientalistas o de identidad sexual[13], que sin dificultad se acompasaron a los cambios del capitalismo al ser abiertamente funcionales a las políticas de descentralización de tipo neoliberal.


Lo común a estas dos corrientes es que al renunciar al horizonte de superación del capitalismo descuidaron el análisis sobre el movimiento de acumulación de capital, de allí que sus idearios resultaran sacudidos por el reacomodamiento capitalista. Algo similar viene sucediendo en este momento, en la medida que la fracción mayoritaria en “la izquierda”, en las tres últimas décadas, es una amalgama de las dos corrientes anteriores, siendo su mejor producto los llamados movimientos progresistas y sus gobiernos. Tales movimientos redujeron sus programas a la lucha contra el neoliberalismo, desanclándolos del objetivo de superar el capitalismo, de allí que pocas cuentas hayan dado de los cambios, en especial desde la profunda crisis de 2008, y por eso entre sus fuerzas tiende a prevalecer cierta perplejidad ante los giros de política que en particular viene implementando el capital centrado en los EEUU.


En ese contexto, sólo atinan a enfatizar las líneas programáticas soberanistas en alteridad a una especie de “imperialismo” abstracto, en la medida que se entiende como una entidad y no como una forma específica de la centralización del capital. Esta postura sostiene que la soberanía de los pueblos es la salida, pero se trata de una soberanía en abstracto, basada en un activismo de desgaste, performativo, de resistencia y poco crítico de los giros que todos los gobiernos progresistas han tenido desde su intervención en la lógica global. Un ejemplo claro de los límites de esta concepción se evidencia, en estos días, con el descalabro de los kurdos, tras la retirada de las Fuerzas Democráticas Sirias, que demuestra cómo esa soberanía popular depende más de la tutela del capital —en este caso, de Estados Unidos, que apoyó a ese sector durante la guerra civil contra ISIS— que de una autonomía real; de aquí que ahora, ante la amenaza del régimen yihadista y Turquía, buscan a Israel para que su tutela y apoyo les permita mantener las condiciones. En esa misma lógica simplificadora, el problema de los países latinoamericanos se reduce al robo de los recursos naturales que ejecuta el imperio, tendencia enfatizada con el reciente golpe contra Venezuela. Pero se pierde de vista que las potencias de la tierra sólo son aprovechables en la medida que intervenga la mano de obra, la que es organizada y dirigida por medio de relaciones capitalistas. Es decir, se mantiene la negación de la centralidad del proletariado en la lucha por superar el capital, como si se olvidara que el capital es, en esencia, producto de la explotación de la clase trabajadora.


De aquí la importancia de comprender que la nueva embestida del capital se dirige contra el proletariado, en la medida que requiere potenciar la succión de plusvalía para enfrentar su profunda crisis y la ruda competencia mundial. Es necesario identificar que la avanzada del capital sobre Latinoamérica toma la forma de “recolonización”, pero sabiendo que esa recolonización tiene como sustento la afección en las condiciones de vida de los trabajadores, porque son ellos quienes mueven la maquinaria, “el gran autómata”, con el cual se alimenta de materias primas al capitalismo central. Es importante recordar que siempre es adecuado lograr la mayor movilización de todo el pueblo, pero sin perder de vista que hace ya mucho tiempo que la mayoría del “pueblo” se conforma de los diversos sectores proletarios (en activo, desempleado y sobrante para el capital). En este sentido, el mismo movimiento mundializado del capital demanda elevar la mirada, a partir de cada uno de los procesos, para desde ellos desarrollar redes de solidaridad y lucha entre los proletarios latinoamericanos y de estos con los de todo el norte del planeta.

 



Bibliografía


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