Capital gansteril sobre América Latina:
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El golpe militar sobre Venezuela

El actual momento de crisis y transición intensifica la competencia a partir de los principales centros de mando y de concentración de capital. Esto ayuda a entender la urgencia de redefinir la hegemonía sobre áreas geográficas internas y externas. En tal perspectiva se disputa el aseguramiento de recursos minerales estratégicos, centros de mercado y zonas de retaguardia. Y en esa lucha se ponen en juego las grandes estrategias de los principales centros de mando del capital.
Dos formas de centralización de capital
Una de las tesis fundamentales de Clausewitz es que la gran estrategia militar se modificó tras la Revolución Francesa cuando se pasó de los ejércitos dinásticos del antiguo régimen a ejércitos modernos. Los primeros eran formados, financiados y dirigidos por príncipes soberanos, de allí que fuesen limitados en tropas y capacidad de acción, siendo su estrategia la del asalto, esto es operaciones cortas. A diferencia, los ejércitos modernos se entienden como una expresión de la nación, constituyendo el vínculo entre gobierno y el pueblo (en realidad la burguesía), con lo cual podrían dotarse de mayores recursos, facultándose para actuar en escenarios más amplios, pudiendo combinar estrategias de defensa y asalto. Así que podemos considerar ese contraste, como símil, para abordar la diferencia que existe en el movimiento de acumulación de capital entre sus dos formas más desarrolladas: la del capitalismo de EEUU y China, esto a fin de mostrar las preocupaciones y los alarmantes cambios de estrategia que está implementando la plutocracia norteamericana.
En este caso, la forma de los ejércitos dinásticos se puede relacionar al poder que ejerce la plutocracia occidental en cabeza del capital de los EEUU. Su poder se basa en la propiedad individual que resulta de la empresa social por acciones, dando lugar a la interacción jerarquizada entre los fondos de inversión, las grandes corporaciones mundiales y las demás empresas productivas. Sin embargo, ese poder debe trasegar las zonas pantanosas de la institucionalidad democrática, de allí que el engranaje entre gremios empresariales, partidos, el Congreso, el ejecutivo y el Banco Central tienda a ser reducido a un “fangal” en el que el ejercicio del poder limita la movilización unísona de todos los recursos de una nación. En este sentido, las instituciones que implica la democracia burguesa se le presenta a esta plutocracia como una limitante que debe ser eliminada, condición limite que evidencia su desespero.
A diferencia, en China rige la empresa social, pero de tipo estatal, de modo que el funcionamiento de su institucionalidad se puede asimilar a lo que Clausewitz describe como ejércitos nacionales. Allí, los objetivos estratégicos los regula el Partido Comunista, por medio de la Asamblea Nacional de “todo el pueblo. Una vez definidos los objetivos, estos se traducen en líneas de mando hacia abajo, logrando la interacción de los recursos de toda la nación (privados y públicos) al vincular partido-Estado, fondos de inversión, corporaciones y empresas de producción directa, incluyéndose un férreo control sobre los trabajadores[1]. Sobre esas condiciones se enfrenta la competencia capitalista mundial, regida por la ley del valor.
Así, la propiedad social accionarial característica del capitalismo de los EEUU se parece a los ejércitos dinásticos, en la medida que inicialmente no tiene todas las condiciones para movilizar en forma unificada todos los recursos de una nación, a menos que logren una hegemonía realmente sólida. Mientras la propiedad social de tipo estatal, aun característica del capitalismo chino, se asimila al ejército moderno que puede desarrollar una guerra de “todo el pueblo”, bajo la dirección unificada de la élite en el Partido. Esta forma característica de centralización de capital y sus correspondientes formas de poder institucional se traducen en diferenciales de productividad que se han tornado muy sensibles en medio del proceso de crisis y transición que vive el mundo capitalista, de allí que las ventajas competitivas del capital chino le permitan una proyección mundial sustentada en los flujos de capital, mientras las limitaciones estructurales del capital occidental tienden a ser compensadas por medio de la fuerza, incluida la militar, a fin de insuflarle una cuota de juventud a su viejo orden capitalista, de aquí su evidente forma gansteril.
Pero hay algo común, en el sentido de que el capital muestra su rostro autocrático a fin de sostenerse en medio de las agudizadas condiciones de competencia, peso que cae con toda su crudeza sobre el proletariado.
Cambios recientes
Vale tener presente que la institucionalidad capitalista se reconfiguró tras el fin de la Segunda Guerra mundial (UN, OTAN, FMI, BM, dólar) al consolidarse como centro capitalista los EEUU, punto desde el cual se libró la batalla contra la URSS. En forma seguida se impuso la ideología neoliberal, tras el inicio del periodo de crisis en los años setenta, pregonando el libre comercio como medio para implementar las relaciones de cooperación internacionales. Tal ideología descansó en el falso diagnóstico de que el capital norteamericano contaba con suficientes ventajas competitivas para dominar a sus rivales sobre la base de la competencia, pues ya presentaba serias limitaciones, como antes se señaló. Esa realidad fue evidenciada por el avance competitivo del capital alemán y luego por el japonés (en los ochenta y noventa), que resultó fácil de controlar debido al sometimiento militar y político que se les había impuesto a sus Estados, desde el fin de la Segunda Guerra. A diferencia, ese andamiaje de la institucionalidad mundial se ha mostrado insuficiente para contener y someter el empuje competitivo del capital chino.
En consecuencia, la élite empresarial de los EEUU, al menos en cabeza de Trump, procura establecer un reordenamiento mundial similar al que rigió en el periodo de la Guerra Fría, recreando las condiciones de rivalidad entre polos, a fin de poder movilizar todos sus recursos en una batalla que juzgan existencial[2]. Nacionalismo, proteccionismo, doctrina del enemigo interno, acuerdos bilaterales condicionados, dominio sobre las américas (Doctrina Monroe), guerra de baja intensidad y rivalidad abierta contra el polo oponente fueron las características ideológicas y políticas bajo las cuales el capital de los EEUU prosperó y se extendió por el mundo “occidental”. En tal sentido, da un paso al costado frente a política globalista y al ejercicio de hegemonía unipolar, en tanto les implicó crecientes gastos militares para sostener las cerca de mil bases militares y las innumerables guerras que para nada generaron estabilidad en los territorios intervenidos (Irak, Libia, Siria, Afganistán). Por tanto, se pretende un nuevo estilo de mando, centrado en el área definida como más occidental, “las américas”, que es concebido como bastión estratégico y retaguardia desde la cual se pretende imponer hacia las demás áreas del mundo un ordenamiento jerarquizado, pero regido por “delegaturas” regionales bajo su tutelaje.
En esa dirección, la consigna de hacer de nuevo grande a América requiere de una gran masa de capital en el propósito de insuflarla juventud y relanzar las capacidades competitivas del capital de los EEUU, para plantarle cara al pujante capital chino. Por esto, Trump ha desechado el discurso neoliberal[3], abiertamente disfuncional desde 2008, y en su lugar ha puesto el proteccionismo y los “acuerdos bilaterales” de tipo gansteril. En tal propósito viene sacando muy buena ventaja de su posición de principal consumidor en el mundo, la que ha usado para imponer ventajosos aranceles a la mayoría de socios comerciales, política que podría dejar unos 125 mil millones de dólares en 2025 al fisco de los EEUU, y cerca de tres billones en una década, recursos que amortiguan la reducción de impuestos a los grandes capitales de ese país. Más importantes resultan los gansteriles compromisos de inversión externa dentro de los EEUU, que supera los 2,7 billones de dólares, al menos en anuncios, en lo que podría significar un movimiento de regreso del capital hacia ese país[4], cifra que multiplica en varias veces la actual inversión extranjera directa, que puede llegar a sólo 150 mil millones en 2024.
A ese giro se suma una elasticidad excepcional para modificar su estrategia en el campo militar y desde ella redituar capital. El ejemplo más patente es cómo logró cercar a Rusia y empujarla a una situación desesperada que la indujo a atacar a Ucrania. Lo relevante es que, una vez provocado el evento, el gobierno de los EEUU logró modificar la postura de neutralidad que inicialmente sostuvieron gobiernos como los de Alemania, hasta involucrarlos en la guerra, para terminar, endosándole los costos de su sostenimiento y desarrollo. Costos a los que se suman el incremento de los precios de los combustibles fósiles (gas, petróleo) que antes se importaban de Rusia, pero que ahora se adquieren a un precio mucho más alto con empresas de EEUU. Pero lo más significativo es que esas variaciones en el campo militar terminaron por acelerar las dificultades de las economías de la UE, empujándolas a una recesión que no da signos de salida.
En resumen, la gran derrotada de la guerra sobre Ucrania es la UE, área que ha terminado por caer en pleno de rodillas frente al poder de los EEUU, y en particular del poder de las empresas productoras de armamento, reduciéndose hasta ser el hazme reír de Trump. El giro en política es bastante claro dentro de la UE, porque actualmente no posee ninguna carta estratégica para salir de su crisis y menos para jugar un papel siquiera significativo en la redefinición política mundial, en especial tras perder las ventajas que forjó en las energías alternativas, de allí que el gobierno de los EEUU prefiera los pactos con Rusia. La UE en su condición de socio supeditado y menor ha debido ceder en las exigencias crecientes de la plutocracia norteamericana, como son incrementar el gasto militar hasta el 5% del PIB, limitar la agenda de energías limpias, o comprometer cerca de 600 mil millones de dólares para invertir dentro de los EEUU. Así que, para justificar estos cambios, que implican una afección sería al sistema de bienestar social que caracterizó a esa zona, la burguesía europea ha recurrido a potenciar el fantasma de la invasión rusa, justificando la necesidad de reimplantar el servicio militar obligatorio y de adelantar preparativos para una gran guerra. Sobre esta base, la UE recibe la delegatura de cubrir el frente ruso, en su calidad de estado tributario de los EEUU, función que la fracción burguesa más reaccionaria ha asumido con beneplácito.
Mientras el capital de los EEUU se “repliega” tranquilamente a su vieja zona de confort, “las américas”, también le delega la tarea militar de control sobre China a Japón, Australia y Filipinas. A estos países también se les ha impuesto un incremento en su gasto militar, y en consecuencia se les compromete en forma directa en la estrategia de cercar la salida de China por el mar. Para garantizar tal situación, los EEUU agitan en forma permanente el problema de la supuesta autonomía de Taiwán, así como las diferencias en las delimitaciones del Mar de China respecto de Japón y Filipinas, alentándose a la vez la imagen de una China agresiva y armamentista. Luego, si bien hay cambios, lo que permanece es la capacidad de los EEUU para potenciar y desarrollar guerras lejos de su propio territorio, procurando contener con ellas el avance de sus competidores al hacer que terceros países las libren en su lugar, tal como acontece con Ucrania.
Competencia capitalista y su redespliegue estratégico
Existe la tesis de que la derrota de la URSS respecto de EEUU descansó en gran medida en la desventaja que tenía en el desarrollo de la microelectrónica, acentuada por las políticas de Reagan. A partir de ella, se puede apreciar el papel significativo que tiene la tecnología en la actual batalla capitalista, siendo éste uno de sus ejes centrales en la intensificación de la competencia. Ahora la producción de chips más avanzados se ha convertido en la base para el desarrollo de otras innovaciones, tales como IA y o la computación, debido a la facilidad para procesar grandes volúmenes de información. En este sentido, se entrelazan acumulación de capital, innovaciones, desarrollo militar y competencia geoestratégica.
Es conocido que actualmente el capital de los EEUU, en particular con Nvidia, mantiene una ventaja en el desarrollo de chips respecto del capital chino, aunque esa ventaja se ha estado estrechando. La preocupación es de tal magnitud que E. Musk afirmó que China “superaría al resto del mundo en capacidad de cómputo para inteligencia artificial”[5], al considerar la amplia ventaja que ha desarrollado ese país en infraestructura energética, al punto que podría generar para 2026 tres veces más energía eléctrica que los EEUU, circunstancia fundamental para sostener los centros de datos mediante los cuales se entrenan los modelos de IA. A esa condición se agrega que el capital chino tiene ventajas creadas en el acceso y procesamiento de las llamadas tierras raras, posición que el gobierno chino acaba de usar exitosamente, al imponer restricciones a sus exportaciones para forzar a que Trump reversara la prohibición de venta de chips de Nvidia hacia su país.
Las anteriores circunstancias ayudan a explicar el acentuado esfuerzo del capital norteamericano por propulsar su producción en chips, IA y energía. En ese propósito se anunció la iniciativa Stargate a inicios de 2025, para una inversión de 500 mil millones de dólares en los siguientes cuatro años. La rudeza con la cual se desenvuelve la lucha competitiva es de tal magnitud que poco parece importar la burbuja especulativa que se ha creado en el sector “tecnológico”, peligro que los comentaristas e inversores soslayan bajo el comentario de que tras el probable estallido quedarán las empresas más fuertes y los avances alcanzados, tal como sucedió después de 2002 con las empresas de las telecomunicaciones y el internet. Y este comportamiento es revelador del desespero con el que se mueve el actual gobierno y el capital de los EEUU, porque pesar de los grandes esfuerzos, los resultados no logran generar una brecha significativa respecto del capital chino. Esta circunstancia es la que ha empujado a la plutocracia occidental a modificar su estrategia de largo plazo.
Arrighi en su “Largo siglo XX” identifica dos formas de hegemonía: una territorial, cuyo ejemplo es la Inglaterra del siglo XIX, que expande su poder a través de colonias en el exterior; y otra no-territorial que descansa más en el flujo de mercancías y capital-dinero. Podemos usar esta descripción para tratar de describir los actuales movimientos mundiales.
El capital chino, a partir de su Estado, ha implementado una estrategia de tipo “no-territorial”. Mantiene su centro al interior de su propio territorio y su poder se despliega hacia el exterior sobre la base de su mayor dinamismo productivo. Esta ventaja se asocia al férreo control sobre su proletariado, pero que puede acompañar de mejoras crecientes en el nivel de ingresos y bienestar, las que son posibles gracias a que el capital se encuentra en una fase progresiva asociada a la juventud de sus fuerzas productivas. Estas condiciones le permiten ventajas en el flujo de mercancías y capital-dinero, las que promueve mediante acuerdos que generan beneficios a las partes, por eso ahora funge como principal defensor del libre mercado, papel que antes cumplían los EEUU. Esto se complementa con un discurso anti-hegemonista, de allí que no mantenga bases militares en el exterior y evite entrar en conflictos armados, limitándose a una diplomacia pragmática de buenas relaciones comerciales, exhibiendo una paciencia sobre los abusos del capital occidental, en la sabiduría de que la defensa –incluso librada en territorio propio- hace parte de una estrategia de desgaste.
Por su parte, el capital de los EEUU sigue fungiendo como centro real del capital mundial. No obstante, viene modificando su anterior posición de “hegemonía no territorial” y reimponiendo una más “territorial”, pero que se acompaña con delegaturas por regiones en el mundo, como antes se ha comentado. Su propósito es retornar a una nueva distribución polarizada del mundo, similar a la que rigió el periodo de la Guerra Fría, por lo cual revitaliza el discurso maniqueo de “occidente-libre vs oriente-autocrático”. Tal giro le lleva a centrarse en lo que considera su territorio natural, las américas, en esa vieja interpretación de que Dios les entregó esta parte del mundo para su provecho (“Destino manifiesto”), que se vincula a la intención de que América es para los americanos (Doctrina Monroe). Esto se traduce en que los capitales extranjeros, en especial los de China y Rusia deben ser desalojados de esta región y los europeos quedan subordinados, propósito claramente expresado en la nueva “National Security Strategy-NSS”, de noviembre de 2025.
La NSS califica la intención de hegemonía global como imposible (es decir idealista), la asocia al papel de gendarme mundial y señala lo costoso de las interminables guerras en que se inmiscuyó[6]. Critica el basamento del neoliberalismo, en el sentido de un libre comercio sin contrapartidas (que cómo se ha dicho terminó fortaleciendo el capital chino), de allí la necesidad de una política exterior que siempre beneficie primero a los EEUU. Se cuestiona la institucionalidad internacional basada organizaciones supranacionales al suponer que limitan la soberanía de los EEUU, como si se olvidara que han sido instrumentos eficaces para extender su poderío. Sobre la muy conveniente idea de los “derechos naturales otorgados por Dios” coloca su centro en el hemisferio occidental –las américas-, el que debe ser estable y gobernado por los EEUU, dejando abierta la posibilidad de intervenciones cuando juzguen amenazados sus intereses, línea en que han sido bastante claras las declaraciones de Trump y M. Rubio. Se propone como objetivo la base industrial más robusta del mundo y relanzar la capacidad productiva de ese país mediante su reindustrialización y el acercamiento de capitales, definiendo como punta de lanza la IA, computación cuántica, el dominio energético y biotecnología. A su vez plantea la recuperación del viejo vínculo con los trabajadores nativos mediante la ilusoria promesa de una “prosperidad de base amplia”, justificando así la persecución sistemática al proletariado extranjero. En particular imprime un serio giro respecto de sus socios europeos, área que califa en decadencia civilizatoria –afirmación que tiene como sustento el arrodillamiento en pleno de la burguesía de la UE y su ausencia de cartas estratégicas en el actual reparto mundial.
Recolonizar las américas: el golpe militar sobre Venezuela
Ese giro hacia una hegemonía de tipo territorial, tiene su mayor impacto sobre América Latina-AL, que es interpretada como territorio auxiliar y patio trasero para el provecho del capital norteamericano. Tal movimiento resulta facilitado por la histórica sumisión de las burguesías de la región, que, por ejemplo, ante los últimos movimientos arancelarios y militares sólo se limita a la preocupación de los impactos sobre sus negocios, evidenciando un total desprecio por la soberanía. Lo anterior no sorprende porque estas burguesías viven en los EEUU y además sus principales recursos de capital-dinero se movilizan a través de los grandes fondos de inversión, ya que muchas empresas están entrelazadas con acciones de empresas de ese país, o porque su valoración depende de la bolsa de New York.
El propósito de recolonización de AL resulta también facilitado por los magros resultados del ciclo de “gobiernos progresistas”, y el consecuente desgaste que han generado en la conciencia y organización de las masas trabajadores y populares. La crisis capitalista y sus efectos nocivos sobre la población trabajadora, agravadas por las políticas neoliberales, fueron las que empujaron a las masas a varios ciclos de protestas, siempre en procura de salidas alternativas. Sin embargo, estas fuerzas sociales fueron encauzadas por las fracciones “progresistas”, las que sólo constituyen una variante del viejo pensamiento burgués, de allí que su programa político se limitara a definir como objetivo central la superación de las políticas neoliberales, en un sentido redistribucionista, impidiendo así que las masas trabajadoras enfrentaran en pleno al mismo capital. Por esa misma razón es que cuando usan el discurso anti-imperialista, siempre lo limitan al inviable programa nacionalista. De aquí su fracaso, porque poco o nada se avanzó en esa dirección, en cuanto la estructura productiva incrementó la brecha de retraso tecnológico, la dependencia financiera y comercial y sostuvo la dependencia en la exportación de materias primas básicas, condición que reproduce los patrones de baja productividad, alta precarización del trabajo, grandes niveles de pobreza y violencia.
Esos resultados terminaron por generar desconcierto, confusión y desánimo entre la población, al notar que sus condiciones de vida no mejoraron sustancialmente durante los mandatos progresistas. Lo peor es que el progresismo domesticó y desactivó la oleada de luchas que exigían cambios estructurales, dejando a las vastas masas proletarias sin alternativas claras para avanzar. Esa suma de condiciones pasó a facilitar la manipulación y la descarada intervención de los EEUU en los procesos electorales, permitiendo el avance de la ultraderecha pro-imperialista en la región, como acaba de suceder en Argentina, Ecuador, Chile y Honduras. Así, la sumisión de las burguesías “nacionales”, la tibieza y relativo fracaso de los progresistas, el desconcierto entre las masas proletarias, son las condiciones que vienen facilitando la descarada recolonización de toda la América Latina.
Bajo este contexto, el avance militar de los EEUU sobre el Caribe y la evidente amenaza para la región no ha logrado desencadenar protestas suficientes. La situación es de una magnitud tan descarnada, que un simple repaso a los discursos que hace un siglo invocaba la burguesía latinoamericana, los ubicaría en posturas más que súper-radicales en el actual contexto. La evidente amenaza, bajo el manido discurso de la lucha anti-drogas, permitió que las tropas de EEUU se ubicaran tranquilamente en un punto donde apuntalaron varios objetivos sin siquiera entrar en batalla: consolidar el petróleo de Guyana –aspecto ahora poco comentado- sitiar a Venezuela y Cuba, (en dirección a ahogar sus economías), y desencadenar la intervención militar, avanzando en su naturalización a través de los ataques a las supuestas narco-lanchas.
El golpe sobre Venezuela viene a ratificar la disposición de recolonizar por todos los medios a Latinoamérica. El resultado militar, sea porque la capacidad de respuesta fue eliminada mediante cooptación o por neutralización tecnológica, se pretende utilizar como medio de justificación de que el gobierno de los EEUU actuó por encima de su propia legalidad, en particular al desconocer a su propio Congreso, en una clara continuidad del asalto armado del que fue víctima en enero de 2021. El resultado militar se usa para opacar que ese gobierno se coloca por encima de todo el derecho internacional, desconocimiento que ya venía siendo implementado en el genocidio sobre Gaza, brutal escenario que ahora se muestra como sólo un paso en el proceso de naturalización de la rapiña sobre territorios y poblaciones extranjeras.
La tibia respuesta de potencias como China, Rusia, la UE, o de la mayoría de los gobiernos de Latinoamérica permite que se sostenga el “secuestro virtual” sobre toda la nación venezolana. Y aquí, la plutocracia de los EEUU, en cabeza de Trump, muestra con habilidad como ha asimilado los reveses de Medio Oriente, aspecto que efectivamente señala el documento de la NSS, en el sentido de evitar los empantanamientos en guerras extranjeras. En forma evidente la potencia militar de los EEUU es buena en la ejecución de batallas de corta duración (el asalto a Irak o Libia), pero es poco hábil cuando se trata de conquistar y sostener posiciones en terreno, máxime si se trata de lograr cierto nivel de estabilidad social que le permita disfrutar de los trofeos de guerra, tal como lo evidencian los escenarios de Irak, Libia, Siria y Afganistán.
Esto explica la estrategia de secuestro virtual sobre Venezuela, en cuanto la fuerza militar decisiva permanece en el Caribe, sosteniendo abiertos otros objetivos, entre ellos Cuba, Nicaragua, Colombia, México y Panamá. Poderío que ahora recae sobre el actual gobierno de Venezuela, que de acuerdo a las palabras de Trump y Rubio, como a las diversas notas de prensa, es reducido a la sumisión y a ejecutar las órdenes del Rey y del Virrey, en una reversión política de doscientos años. En este sentido, lo que abiertamente se persigue es que los mismos gobernantes acepten dócilmente su sumisión, y que además la extiendan sobre toda la población, con los métodos de gobierno ya establecidos, pues no hay cuña que más apriete que la del mismo palo. Ello implica un control sobre cualquier corriente potencial que pretenda sostener al menos la línea soberanista con la que se auto-identificaba el llamado proceso bolivariano. En resumen, es como si afirmasen: “tú creaste el desorden, luego resuélvelo internamente”, eso sí, bajo nuestra tutela, que tranquila y vigilante impone sus condiciones desde la segura barrera del Caribe.
Desde esa misma posición de ventaja, se mantiene la amenaza y el cerco condicional sobre América Latina. Peso que Trump blandió el sábado tres de enero contra México, Colombia y Groenlandia, en medio de la borrachera que le generaba la victoria militar. En su discurso dejó bastante claro que la intervención militar nada tenía que ver con asuntos de libertad o democracia para el pueblo de Venezuela, y que más bien respondía a la necesidad de asegurar el hemisferio occidental y sus recursos. De esa manera, la intervención militar da unos pasos adelante en la tendencia ya señalada de que el derecho internacional y la institucionalidad democrática salen sobrando en la agenda de la plutocracia que representa.
El anuncio de tomar por la fuerza el territorio de Groenlandia valió una respuesta unificada de sus socios europeos (Reino Unido, Alemania, Francia y España), que ven allí un peligro para el derrumbe de la OTAN. Ante la certeza de esas amenazas, sumisos personajes como Macron han pasado a denunciar que EEUU se “desentiende de reglas internacionales”. Frente a ello, la Casa Blanca ha intentado suavizar posiciones, argumentando que su interés es llegar a acuerdos para comprar la isla, pero sin ceder en su postura abiertamente gansteril. El mismo Trump parece tener plena conciencia de la fuerte trasgresión causada a las instituciones desde las cuales ejerce su poder, de allí que haya planteado a los miembros de su partido que de no ganar las próximas elecciones legislativas, del noviembre próximo, podría verse sujeto a un juicio político.
Esas amenazas, sobre una intervención militar en Colombia alertaron a diversas fuerzas políticas, impulsándose una reacción soberanista en las calles y medios. En respuesta, Trump pasó a hacer control de daños por medio de una llamada telefónica a G. Petro, los dos limaron ciertas distancias. Este último ejemplo ayuda a entender que las posturas liberal-progresistas se reacomodan fácilmente ante los cambios de fuerzas, relajando sus consignas y programas de por sí ajustados al movimiento del capital. Debiéndose tener como referencia el cambio político “suave” mediante el cual se desintegró la URSS, antecedido por el giro abiertamente pro-occidental de Gorbachov, seguido por el fingido golpe de estado en su contra para mostrarlo como un poder debilitado que no podía más que entregárselo a Yeltsin, personaje con fuertes vínculos con la CIA, tal como sucedía con buena parte de las élites.
Ese campo de flexibilidad y juego no existe para las fuerzas de izquierda proletaria, sobre todo si se toman en serio la lucha por defender al proletariado y superar el capital, postura que necesariamente pasa por confrontar al centro de mando del capital mundial y su poder imperial. Además, ante los cambios, estas fuerzas están llamadas a dar un paso adelante a fin de sostener las banderas en la defensa de las condiciones de vida del proletariado y de todo el pueblo. De aquí que esa postura por más exigente que sea, los obliga a mantener en alto las banderas de lucha y por eso mismo pasan a convertirse en objeto central de la represión real que se viene adelantando. Situación que puede agravarse en la medida que avancen las posturas anti-democráticas, sin embargo, el mismo desespero con el que procede la burguesía no hace más que radicalizar la lucha de clases en todo el mundo -incluso al interior mismo de los EEUU como lo revelan los recientes ciclos de protestas- tendencia que a su vez abre nuevos escenarios para que los proletarios pasen en masa a asumir y defender programas auténticamente radicales que propendan por la superación del capitalismo y todas sus formas explotación, opresión y desigualdad.
Anexo analítico:
Dimensión de análisis | Estados Unidos | China |
Modelos de acumulación | Empresa Social por Acciones: Individualizada y ordenada verticalmente entre fondos de inversión, corporaciones, empresas productivas y elites plutocráticas. | Empresa Social de tipo Estatal: dirigida de forma centralizada por el Partido Comunista y financiada con capital mixto. |
Sistema institucional | Democracia burguesa en desgaste y limitada, para facilitar el movimiento unificado del tipo de hegemonía que se propone consolidar el capital occidental de EE.UU. | Sistema de Partido único y conducción centralizada y coordinada entre Estado, Capital y Nación. |
Analogía militar | Ejército dinástico: capacidad de acción limitada, estrategia de asalto corto, dificultad para movilizar todos los recursos nacionales unificadamente. | Ejércitos Nacionales Modernos: Movilización de “todo el pueblo” bajo dirección unificada, combinación de defensa y asalto en escenarios amplios. |
Estrategia de Hegemonía | Énfasis en hegemonía territorial: recentramiento en las Américas, como bastión estratégico. Uso de delegaturas regionales: UE-Japón-Élites comisionistas. | Hegemonía no territorial: proyección basada en flujos de mercancías y capital, sin bases militares permanentes en el exterior. |
Acción de poder | Uso explicito de fuerza militar, guerras de baja intensidad, intervencionismo. | Diplomacia pragmática, comercio y acuerdos de beneficio mutuo. |
Condiciones de Competencia | Ventaja en Chips (Nvidia), IA, computación cuática. Dependencia de energía externa. Estrategia proteccionista y acuerdos gansteriles de subordinación. | Ventaja de infraestructuras energéticas, tierras raras y manufacturas. Proyección mediante la exportación de capital y la promoción del libre comercio. |
Respuesta a la crisis | Repliegue a zonas de confort (Américas). Uso de fuerza para compensar limitaciones estructurales. Desesperación competitiva. | Mantenimiento del crecimiento interno, mejora gradual de ingresos y bienestar. Paciencia estratégica. |
Objetivo declarado | Hacer Grande a América de nuevo. Reindustrialización, dominio tecnológico y energético, control hemisférico. | “Desarrollo pacífico”. Liderazgo en innovación, infraestructura global y alternativa al orden occidental. |
Relación América Latina | Doctrina Monroe, revisitada: recolonización económica y militar. Intervención abierta (ej. Venezuela). Control mediante elites locales. | Relaciones comerciales y de inversión sin intervención militar, pero subordinación financiera y productiva. “Discurso antihegemónico”. |
Critica señalada | Capital gansteril: recurso a la fuerza y la coerción para mantener un orden en decadencia. | Autocratismo capitalista: crecimiento sostenido por control férreo del proletariado |
[1] El reciente artículo de M. Roberts se mueve en esa dirección:https://rebelion.org/china-ia-involucion-y-plan-quinquenal/
[2] La NSS de los EEUU afirma que sus propias élites facilitaron la estrategia de avanzada de China, hasta hacerse poderosa, de allí que el Indopacífico seguirá siendo uno de los campos de batalla económicos y geopolíticos del próximo siglo. Esto en el entendido de que EEUU “no puede permitir que ninguna nación se convierta en tan dominante que pueda amenazar nuestros propios intereses”. Derivando de allí el corolario de que la disyuntiva que deben enfrentar todos los países es si quieren vivir en un mundo liderado por los EEUU o por países del otro lado del mundo.
[3] Lo que no implica que exista cierta continuidad de algunas de las políticas que las caracterizaron
[4] Japón 550, Corea del Sur 350, UE 600, India 500, Reino Unido 150, Arabia Saudita 600 mil millones de dólares
[5] el 7-01-2026
[6] “Se acabaron los días en que Estados Unidos sostenía todo el orden mundial como Atlas”. “Estados Unidos organizará una red de reparto de cargas, con nuestro gobierno como convocante y partidario” en referencia a la función militar en el mundo, llamadas “asociaciones específicas”, afirma el citado documento.
