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El regreso de las huelgas y la disputa por la justicia en solidaridad por Palestina

Notas sobre la coyuntura I

Por: Edgar Fernández

Centro de Pensamiento y Teoría Crítica Praxis

Abordamos aquí un somero balance de las condiciones en que se desenvuelven las luchas por superar al capitalismo a fines del 2023. Se destaca cómo en el marco de la depresión capitalista, el rebrote de las contradicciones, agudizadas por la inflación, han terminado por impulsar un ciclo de huelgas que tal vez no se presentaba desde los años ochenta, pero que ahora se entrecruza y potencia con las protestas en todo el planeta que reclaman justicia por Palestina. La lucha de clases se manifiesta mediante una batalla entre la asociación del capital y los gobiernos occidentales justificando la violencia y barbaridad a la que se le anteponen millones de manifestantes unidos por los principios de solidaridad y justicia. Por tanto, el regreso de las grandes huelgas de los trabajadores y las extendidas manifestaciones populares en defensa de Palestina son hechos sobresalientes en la actual coyuntura.

Esto sucede en un contexto donde persisten las dificultades para acumular capital, manifiestas en bajas tasas de crecimiento del producto bruto y la inversión, y en la falta de estrategias certeras para relanzar decididamente el ciclo de producción a nivel mundial. Estas condiciones derivan en un incremento de la rivalidad entre los estados capitalistas, bajo la forma de capitalismo occidental vs capitalismo oriental, contexto en el que EEUU ha logrado retomar la iniciativa de la hegemonía mundial.

Las dificultades que enfrenta el capitalismo para relanzar el ciclo de acumulación enfrentaron una especie de doble embate entre la pandemia y el posterior reinicio de la actividad productiva, patente en una persistente inflación. La pandemia del COVID favoreció la tendencia a desechar algunas de las políticas neoliberales de austeridad en el gasto público, y en su lugar los gobiernos pasaron a subsidiar la actividad de las empresas y su rentabilidad. Ese tipo de giro -inicialmente asumido por el gobierno de los EEUU y replicado inmediatamente por la mayoría de gobiernos en el mundo- permitió que el gasto público sostuviese la actividad económica mediante compensaciones a los ingresos de las familias, y sobre todo con subsidios directos a las empresas.

Si bien las firmas capitalistas del mundo fueron sostenidas a flote, el costo enseguida se reportó como un persistente proceso inflacionario, que ha sido enfrentado mediante duras alzas en las tasas de interés en todo el mundo. En el caso de EEUU esa variable pasó del 0,25% al 5,25% entre diciembre de 2021 y julio de 2023, mientras que la Unión Europea -UE- las llevó del 0,50% hasta el 4,5% en el mismo periodo. Debido a que la causa principal radicaba en una contracción del lado de la producción, a la que se sumó un desbarajuste en las cadenas mundiales de comercio, las medidas resultaron poco efectivas y por el contrario han tendido a comprimir lo ingresos de los trabajadores y la producción mundial, permitiéndose que tan sólo ahora, al iniciar el cuarto trimestre de 2023, la inflación observada se esté atenuando en EEUU (3,2%) y la UE (2,9%).

Como se sabe, ese escenario tendió a complicarse con el inicio de la guerra en Ucrania (02/2022), en tanto se vio afectada la oferta mundial de cereales, petróleo y agro insumos. Además, los estados capitalistas, en especial los occidentales, asumieron la necesidad de incrementar sus gastos de armamento, de modo que alentaron aún más la tendencia inflacionaria al ejercer mayor presión fiscal. De esta manera se dificultó la potencial acción estatal en función de la recuperación del capital, tras el rebote sucedido en 2021, y por eso el crecimiento mundial nuevamente ha tendido a contraerse, esperándose este año un 3,0% frente al 3,5% de 2022.



Sin embargo, los resultados por grandes regiones del mundo difieren, en especial porque los EEUU han tenido la capacidad de manipular las contradicciones y ponerlas a su favor. La guerra en Ucrania le ha permitido sobrellevar su bajo crecimiento y evitar una muy esperada recesión en 2023, tanto que es probable que no sólo sobrepase el 1,4% proyectado a inicios de este año, sino que incluso supere el 2,0% a final de año. Esto pasa porque EEUU se beneficia de los altos precios de los combustibles, de agroinsumos y cereales, pero especialmente del incremento de la producción de armas dirigidas a sostener la guerra contra Rusia en Ucrania, y del nuevo frente en Palestina.

En principio, los trabajadores y en mucho menor medida los capitalistas de la UE son quienes están cargando con los mayores costos reales de la guerra en Ucrania. De un lado porque sus gobiernos han decidido destinar hasta 2% del PIB al gasto en armamento, y porque han tenido que enfrentar un contexto de altos precios de combustibles, que en su mayoría son importados. Por esto, la UE ha estado enfrentado el riesgo de una recesión técnica, esperándose que su crecimiento sea inferior al proyectado inicialmente.

La instrumentalización de las contradicciones entre Ucrania y Rusia por parte de los EEUU no sólo han tenido como propósito someter aún más la UE, sino también afectar a sus opositores principales China y Rusia.

Como se sabe, Rusia se dejó arrastrar al conflicto abierto con Ucrania y en ese marco el costo de la guerra se contabiliza en dos frentes. De una parte, las sanciones económicas del capitalismo occidental en bloque, que le quitaron 350 mil millones de dólares de sus reservas externas, además del bloqueo a sus ventas y compras en el exterior, constriñendo la fuente principal de su ingreso, la venta de petróleo y gas. A ello se suman los altos costos de una campaña militar, que ya es de largo aliento y por lo pronto no parece tener fin, en la cual los resultados le han sido muy esquivos, tanto que la necesidad de recurrir a tropas mercenarias condujo a problemas políticos internos, como el intento de Yevgeny Prigozhin -comandante de la fuerza Wagner- de derrumbar el gobierno de Putin, a mediados de este año. A pesar de ello, Rusia parece lograr estabilizar sus condiciones económicas internas y espera cerrar el año con un crecimiento positivo, mientras la apertura del frente de guerra sobre Palestina parece amortiguar la presión en el terreno de batalla, a los que se suma cierto cansancio de los gobiernos occidentales frente a la gestión de V. Zelensky, creciendo ahora las acusaciones de corrupción.

Por su parte la economía de China, que no sufrió el embate de 2019, vio afectado severamente su alto crecimiento en 2022, ante la persistencia de las políticas de encierro. A ello se agregó el ataque directo de los EEUU mediante la contracción de las importaciones chinas, base de su crecimiento, consolidada ya como una tendencia hacia una fractura del mercado mundial, y manifiesta en la agudización de la competencia en productos como los chips, autos eléctricos, o telefonía. A estos retos se suma, en el presente año, el incremento del riesgo financiero ante la crisis de la gran constructora Evergrande, proceso que no se ha terminado de decantar. Aun así, las políticas de gasto público y de sostenimiento de la demanda interna parecen funcionar, por lo pronto, en la medida que en este año se espera que vuelva a tener un crecimiento superior al 5%.

Brevemente, la competencia intercapitalista, tornada guerra comercial, cobra sus formas y sus estrategias. China y Rusia buscan fortalecer su posicionamiento como centros capitalistas alternativos y en consecuencia su discurso es el de la multipolaridad como alternativa a la unipolaridad de los EEUU. En ese sentido, su estrategia se dirige a consolidar una fuerza capitalista alterna mediante la unidad de los BRICs, cumpliendo un particular papel la estrategia del “Cinturón y la Ruta” de la Seda, que conjunta una serie de proyectos de inversión en infraestructuras dirigido a agilizar el comercio con Europa, Sudeste Asiático, África y América Latina, iniciativa que recibió un nuevo impulso al celebrarse su décimo aniversario, a fines de octubre. Frente a esta proyección, el capital colectivo de occidente ha creado su competencia mediante el corredor India-Medio Oriente-UE, que pasa por Arabia y Jordania y tiene como nodales a los puertos de Haifa y el potencial canal Ben-Gurión, alterno al del Suez, y en el que Palestina resulta sumamente incómodo, de allí una potencial razón para la guerra de aniquilamiento que han desatado Israel, EEUU y la UE, tal como lo describe un artículo de Marco del Pont (Rebelión, 13/11/23).

Por su parte, Biden implementa una estrategia, por ahora exitosa, de fraccionamiento del mercado mundial dirigida a comprimir y sitiar el impulso de China y su socio, Rusia. A diferencia del discurso neoliberal de un mundo globalizado bajo el librecambio, lo que ahora se busca es renovar la división que existió en la llamada Guerra Fría, periodo en el cual los EEUU se proclamó como defensor del capitalismo, construyó una institucionalidad internacional que apalancó su hegemonía y sitió a los países que intentaron su avance al socialismo. En esta estrategia el impulso de la guerra, o cuando menos su fantasma, es vital, porque torna a los gobiernos de occidente más dóciles a las mezquinas necesidades del capital norteamericano.

Es por esto que los EEUU arrinconaron a Rusia hasta empujarla a la batalla militar en Ucrania, y en esa misma dirección alientan el choque de Taiwan con el gobierno de Beijín. Esta tendencia ha cobrado mayor fuerza en el informe de la Comisión de Postura Estratégica del Congreso, de mediados de octubre, conformada por miembros de los dos partidos, en el que se recomienda ampliar las fuerzas convencionales y fortalecer alianzas a fin de estar preparados para conflictos simultáneos con Rusia y China. Aunque a mediano plazo una confrontación directa tenga mediana posibilidad, el informe cuando menos justifica el incremento del gasto militar y por esa vía ayuda a sostener el lánguido y contradictorio crecimiento en los EEUU.

Junto a ésta, otra de las alternativas para sostener el crecimiento capitalista es la de acelerar la renovación de las fuentes de energía –a las que se suma la obtención de hidrógeno blanco, y a partir de fuentes solares- que exige una profunda renovación del parque automotor e industrial en el mundo. Para ello, se ha desatado una fuerte campaña, que utiliza a fondo la terapia de choque, asegurando que el mundo se encuentra al borde del precipicio, o del mismo infierno, tal como lo expresa António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas. El objetivo aquí es que los gobiernos destinen más subsidios a energías limpias y autos eléctricos, acelerándose la irracionalidad de chatarrizar más rápido y gastar más, con ello, se manipula el problema real y se lo reduce a una estrategia para sostener las alicaídas ganancias capitalistas.

De otra parte, el acelerado cambio en las tecnologías de computación e informática parecen no ser lo suficientemente fuerte para reimpulsar el capitalismo. Aunque el boom de la Inteligencia Artificial -IA- ha dado para sostener un incremento desde junio de las acciones de las grandes tecnológicas (Microsoft, X, Google, Amazon, Apple…), excepto X que perdió más de la mitad de su valor en bolsa en menos de un año al bajar de 49 mil a sólo 20 mil millones, no es suficiente para sostener el índice global de las acciones, al menos si se tiene en cuenta que el Standard and Poors-500 cayó nuevamente desde julio, ello muy a pesar de los buenos resultados de la mayoría de empresas (cerca del 80%) en el tercer trimestre.

Entonces, las estrategias y políticas del capital en los EEUU parecen mostrar efectos positivos sólo en el corto plazo, por cuanto se mantiene un ritmo leve de crecimiento del empleo y del producto. Sin embargo, las dificultades de fondo apenas se están postergando, porque la deuda total sigue creciendo y se amplía con la política de altas tasas de interés. Con ello, el problema se traslada al costo de la deuda pública, debido a que la tasa de interés de los bonos del gobierno –ahora del 5%- ha superado el techo anterior a la crisis de 2008, siendo un efecto de esto que las carteras de los grandes fondos inversionistas se distorsionan por las señales contradictorias que se trasmiten a los diversos mercados.

Así, por ejemplo, las altas tasas de interés permitieron que los grandes bancos de EEUU incrementaran sus beneficios en 4%, para un total de 22.500 millones en el tercer trimestre. En contrapartida, afectaron las ventas en vivienda hasta ser las más bajas desde 2008, pero contradictoriamente el sector de la construcción en vivienda se mantiene muy activo, siendo significativo el movimiento contrario entre los precios al alza de las acciones de las grandes tecnológicas mientras caen en las demás ramas industriales.

Es decir, la drástica política anti-inflacionaria sostiene y alimenta el capital, pero al costo de incrementar los riesgos. Por ejemplo, el fantasma de una crisis fiscal en los EEUU ha vuelto a despuntar ante el incremento del servicio de la deuda, -debido al peso que tiene, 32 billones de dólares, esto es más del 100% de su PIB anual- monto al que se podría agregar otro billón mediante emisión de bonos en el último trimestre. A ello se suma que el servicio de la deuda en pago de intereses pasará del 8% al 12% de los ingresos entre 2019 y 2028, según Gita Gopinath, vicedirectora gerente del FMI (Citado por M Roberts en artículo de revista Sin Permiso del 31/10/23).

Tal escenario trastoca la administración de las carteras de los fondos privados de ahorro e inversión, porque la tenencia de bonos del gobierno con su alta rentabilidad desestimula los precios de las acciones de las empresas industriales, que son las de mayor riesgo, dificultando las combinaciones que minimicen los riesgos. Así por ejemplo el holding Berkshire Hathaway, dirigido por Warren Buffet, ha preferido salir de acciones de empresas clave y colocar los recursos en bonos del gobierno logrando utilidades récord al finalizar octubre. Mientras el fondo soberano más grande del mundo, el noruego, se anotó una pérdida de 35 mil millones de dólares en el tercer trimestre de este año.

Es precisamente este ambiente de incertidumbre y bajo crecimiento el que nutre la concentración de capital a nivel mundial. En octubre Chevron compró la petrolera Hess por 53 mil millones de dólares, adjudicándose la promisoria explotación en Guyana. Unos días antes Exxon realizó un movimiento comparable a cuando se fusionó con Mobil, al adquirir Pionner Natural Resourcers por 60 mil millones de dólares, consolidando su posición como primer productor mundial. En el mismo mes VMware fue adquirida por Broadcom –productora de semiconductores- por valor de 69 mil millones de dólares, fortaleciendo su posicionamiento en tecnologías de la nube. Así mismo se espera la compra de la biotecnológica Seagen por Pfizer, por un valor de 43 mil millones de dólares. Estos ejemplos dan cuenta del gigantismo en las adquisiciones y la manera como está operando la competencia mundial.

Resumiendo, el gobierno de los EEUU ha implementado una serie de estrategias para sostener su maltrecha economía y recoge los frutos del corto plazo, aumentando los riesgos en el mediano. En particular la estrategia geopolítica de Biden le ha permitido recuperar parte del espacio perdido entre 2008 y 2016, hasta la guerra en Siria, de modo que su hegemonía se ha fortalecido con la guerra sobre Ucrania, e incluso saca partido del genocidio sobre los palestinos. Esto porque apoya a Israel -de hecho desde hace décadas ha sido la ficha del sionismo dentro del Partido Demócrata- y a la vez se pretende posicionar como mediador y pacificador de la región, a pesar de que en los hechos promueva una guerra regional al realizar bombardeos sobre Siria, sus empresas capitalistas de propaganda difundan que la amenaza de la región ya implica fuerzas en Líbano, Yemen, Irán y Siria. A la vez, ha logrado trasladar el impacto negativo de la crisis mundial a otras economías capitalistas, entre ellas las de Europa, China y Rusia, complicando de pasada el panorama de las más vulnerables y pequeñas, como las de Latinoamérica, donde la inflación y las alzas de interés han debido replicar las subas de los intereses en los EEUU, a fin de evitar una salida en estampida de los capitales externos ante menores tasas de retorno.

Y uno de los efectos en la persistencia de la inflación es la contracción del ingreso salarial de los trabajadores, agudizando la tendencia de largo plazo en la cual la masa salarial se reduce en la participación total de los ingresos. Así por ejemplo en países como Italia, Japón, México o Reino Unido, el salario real en 2022 fue más bajo que en 2008, según el informe de salarios de la OIT (2023), entidad que resalta cómo en las economías desarrolladas los salarios han avanzado a la zaga de la productividad laboral desde 1980. Esto ha desencadenado una serie de grandes huelgas, tal vez similares a las de inicios de los años ochenta, cuando los gobiernos de Thatcher y Reagan impusieron la disciplina salarial mediante la fuerza.

En Inglaterra las huelgas han cubierto a las y los trabajadores de la salud, red de transporte público, universidades y servicios postales entre otros, exigiendo incrementos que permitan recuperar el nivel de ingreso salarial, así como condiciones de estabilidad, destacándose su persistencia, en forma intercalada, desde fines de 2022 hasta octubre, siendo posible su continuidad.

En Francia, las protestas contra el incremento en la edad de pensión afectaron a todo el país en enero y marzo, momento en el que los trabajadores del sector energético y portuarios colocaron en jaque la economía, siendo controlados mediante el autoritarismo impuesto por el gobierno de Macron. A pesar de ello en junio e inicios de octubre las protestas continuaron impactando en algunas principales ciudades francesas.

Así mismo, en abril, los trabajadores del sector ferroviario de Alemania paralizaron el tráfico, en Italia se presentaron huelgas en el sector de aviación en septiembre, en España a inicios de octubre las jornadas de protesta en el sector de la salud ya habían duplicado las del año anterior, mientras en Grecia las jornadas de marzo rebrotaron en una huelga nacional en septiembre, dirigida a impedir la flexibilización laboral contendida en una reforma legislativa.

La cantidad de huelgas y huelguistas en los EEUU han llevado a que algunos medios cataloguen a 2023 como el año de las huelgas, porque a fines de octubre los huelguistas superaban los 400 mil, más del triple de 2022. El año inició con la huelga del sector educativo en el distrito de los Ángeles que afectó a unos treinta mil trabajadores, luego se pueden resumir su impacto en renombradas empresas como Starbucks, Kelloggs, industria cinematográfica, actores y libretistas de Hollywood (17.500 personas), o las trabajadoras de los casinos en las Vegas. En octubre, la huelga de trabajadores en Kaiser Permanente, en el sector de la salud, afectó a 39 hospitales que atienden a 13 millones de personas, y se salvó la compañía de correos UPS, que pactó con sus 340 mil empleados a último momento.

Entre ellas, la de mayor impacto ha sido la del sector automovilístico, dirigida por la Unión de Trabajadores de ese sector UAW, que cubre empresas como Ford, General Motors y Stellantis (Jeep, Dodge), con una paralización escalada durante de seis semanas, entre septiembre y octubre, y que cubre a más de 40 mil trabajadores. Algunos análisis presuponen una mejor posición de los asalariados para negociar en 2023, pero olvidan que la inflación ha sido la gota que rebosó el vaso de la contracción salarial aplicada en las décadas anteriores, mientras algunas de esas compañías vieron crecer sus beneficios. De aquí que entre las exigencias de la UAW se contemple un incremento de salario del 40% en los próximos cuatro años, mejoras para los temporales, y el paso a una jornada semanal de cuatro días, siendo recomendable el balance realizado en el artículo de Cassidy J, “lo que ganó el sindicato de la UAW”, en la Revista Sin Permiso 12/11/10.

En lo que va corrido de noviembre la huelga más sobresaliente es la de los trabajadores textileros de Bangladesh, en la que durante quince días han sido asesinados cuatro trabajadores. La protesta surge ante la desactualización durante una década de los salarios, de modo que la patronal apenas ofrece un incremento del 25%, mientras que el gobierno ha decretado un 50%, cifras alejadas del objetivo de los trabajadores que es llevar el salario a 135 dólares mes -monto que resume la agudísima tasa de sobreexplotación que rige en 3500 fábricas que producen para marcas como Levis, Zara, GAP, o Adidas-.

También es de resaltar la interconexión y continuidad entre las huelgas y las multitudinarias protestas en favor de Palestina mediante la respuesta positiva que han dado varios sindicatosal llamado de sabotear la entrega de armas a Israel, por lo que proletarios de los puertos en Bélgica y los estibadores de Barcelona se niegan a realizar labores para tal fin, mientras trabajadores de la UAW de EEUU, del Consejo Sindical Central de la India (AICCTU), de la CUT en Brasil, del Sindicato Canadiense de Empleados Públicos (CUPE), y de Japón o Colombia se manifiestan solidarios al llamado.

La persistencia de la fase depresiva capitalista permite ahora expresar más claramente la lucha de clases en la que descansa, y en la cual el proletariado se ha lanzado a atenuar los niveles de su explotación. Sin embargo, esta realidad es ocultada por las empresas capitalistas de propaganda, lo que es comprensible, pero también es menospreciada por las fuerzas políticas de “izquierda” que han hecho de la disputa geopolítica su centro de gravedad, reduciendo su preocupación a promover una supuesta multipolaridad que competiría con la unipolaridad imperialista. Tal posición pierde de vista la hegemonía real del capital sobre todo el planeta, relación social que se estructura mediante una agría disputa entre empresas y estados capitalistas, bajo los cuales se jerarquiza, sostiene y agudiza la explotación del proletariado. Estos sectores de “izquierda” parecen más preocupados por los intereses de los capitales locales, que de las necesidades conjuntas de los proletarios.

Lo anterior es importante considerarlo de cara al problema entre Palestina e Israel. En principio porque explican la necesidad de discursos tendientes a crear el sentimiento y mito de la identidad nacional por medio del cual se divide y contiene al proletariado. En ese contexto son manipulados el sentimiento y tradición religiosa, hasta un punto en el que la carga genera un alto potencial de riesgo, que es mayor cuando los estados se acercan a formas etnocráticas- Israel- o teocráticas al sumar la religión y el mito de la identidad nacional, generando diferencias fundamentalistas que resultan de fácil manipulación extremista.

Un ejemplo claro de ello es cómo el gran capital de origen judío logró que Inglaterra y los EEUU apoyaran la artificial creación del estado-nación sionista en tierras de lo que ahora es Palestina (1948). De este modo, el capital inglés y norteamericano, ya interconectado por el capital financiero de origen judío, buscó exculpar su anuencia al rearme de Hitler y su culpabilidad directa en el exterminio de judíos a manos del fascismo alemán. Sin embargo, recurrieron a mitos milenarios como fuentes de justificación para expropiar esos grandes territorios, peligrosa manera de proceder que echa por tierra los supuestos fundamentos liberales de la modernidad burguesa, entre ellos la base del derecho moderno, constituyendo así una condición que ayuda a explicar la barbaridad e incondicionalidad con la que se ataca a la población palestina.

Hay que recordar que en la alta jerarquía del capital se encuentra el de origen judío, como sucede con el fondo Black Rock, que domina las bolsas, corporaciones mundiales y gobiernos del mundo. Ello ayuda a explicar por qué ya desde antes de 1948 las empresas del gran capital, sus estados y sus grandes cadenas de propaganda, han justificado el sistemático genocidio sobre el pueblo palestino, siendo uno de los resultados la continua reducción de su espacio geográfico vital. Por tanto, hay que diferenciar entre la población que se reconoce como judía-una parte de la cual no es sionista e incluso se ha opuesto al genocidio de los palestinos-, respecto de los grandes capitalistas sionistas.

En este contexto, la incursión militar del pasado siete de octubre realizada por una coalición de grupos de resistencia palestinos, y que los medios adjudican en exclusiva al grupo fundamentalista Hamas, es una respuesta de un pueblo arrinconado hasta el extremo. El que esta acción militar no pudiera ser anticipada por uno de los ejércitos más desarrollados del mundo y con mayor capacidad de inteligencia militar, ha dado pie para sospechar de un plan similar al ejecutado en septiembre de 2002 en los EEUU, en tanto ahora es usado para intensificar el exterminio de los palestinos, mediante el bombardeo indiscriminado que transgrede hasta las más básicas leyes de guerra. Y de la cual las cifras de víctimas contabilizan ya un millón de personas en el destierro, cerca de doce mil asesinados, la mayoría niños y mujeres, otras dos decenas de miles en heridos, y otras tantas decenas de miles que han perdido sus escasos medios de vida, por la destrucción de las exiguas infraestructuras productivas y de vida, como son hospitales, escuelas, comercios, vías y fábricas.

En este contexto, la lucha de clases en el mundo cobra una forma particular en la que se pone en juego criterios elementales de justicia. De un lado se ha situado, con todo el descaro, el gran capital, sus asquerosas cadenas de propaganda, los arrodillados gobiernos del mundo, y las supuestas instituciones internacionales. Del otro, los trabajadores, quienes han pasado también a movilizarse por cientos de millares en la mayoría de grandes ciudades del mundo, reclamando protección y justicia para la población palestina. Con ello, frente a la explotación, sometimiento e injusticia, los trabajadores del mundo unidos dan muestras prácticas sobre cómo pueden constituirse en la alternativa internacional que permitirá superar el poder del capital.



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