¿Qué se entiende por proletariado activo y proletariado sobrante?
- hace 11 horas
- 15 Min. de lectura
Centro de Pensamiento y Teoría Praxis - Revista Proletaria

Existió un periodo en el que hablar de proletariado era normal dentro de la izquierda, de hecho, parece que hasta se dio por sobreentendido el concepto. Sin embargo, desde las últimas décadas del siglo XX, justamente cuando el capitalismo golpeaba con más fuerza a la clase proletaria en todo el planeta, el concepto pareció perder su fuerza y contenido. Nos parece, entonces, necesario una cierta recapitulación, aunque sea básica, del contenido de ese concepto tan importante, porque su adecuado entendimiento puede ayudar a mejorar la práctica política que se desarrolla desde el movimiento social.
1. El extravío del concepto de proletariado
Una de las paradojas de las llamadas nuevas izquierdas es que pretenden una posición crítica frente a la actual sociedad, sin brindar una explicación sustentable sobre qué significa el capital y sobre su origen. Tal dificultad es totalmente evidente en su negación del proletariado, sea porque se le reduce y homogeniza a un sector social más, porque se le supone históricamente ya superado, o más aún porque se afirma su inexistencia. Esa tendencia incluso ha calado entre sectores “marxistas” y neo-marxistas, para los que el concepto de dominación sería más procedente que el de explotación, perspectiva que los lleva a generar especulaciones sobre los “nuevos sujetos” de la transformación social, recayendo casi siempre en una amalgama voluntarista en la que supuestamente pegan identidades inconexas.
Muchas de estas confusiones arrancan del hecho de que entre algunos sectores de tendencia marxista se limitó el concepto de proletariado (y/o clase obrera) al trabajador típico de la industria fabril. Entonces, ante la contracción del sector manufacturero y la ampliación del de servicios algunos autores llegaron a la errada conclusión de que el proletariado dejaba de ser la fuerza fundamental para el capital, tal como Marx lo había identificado. Fue así que no pudieron captar el hecho de que áreas como salud, educación, recreación, o ciencia se consolidaron como verdaderas industrias, en las que también se explota mano de obra, se succiona plusvalía y se obtienen ganancias.
Sobre tal desenfoque, Marx ya había señalado que la característica productiva de la moderna industria no derivaba del tipo de actividad a la que se dedica una empresa. Por el contrario, afirmó jocosamente que no importaba si se trataba de una fábrica de salchichas o de redondear cabezas (educación), porque lo importante es que permitiese la generación de plusvalía. Pero, incluso, a partir de esta definición se trató de imponer una línea divisoria entre empleados y proletarios, suponiendo que los primeros no generaban valor porque trabajaban en las actividades asociadas a la recirculación del capital, mientras los otros sí eran realmente productivos.

Y, en una dirección algo similar, se procuró limitar al concepto de proletariado al trabajador que lograba establecer un vínculo salarial formal con el patrono. De allí, que desde hace varias décadas se intenta actualizar el concepto de proletariado mediante curiosas palabras como pobretariado, precariado, cybertariado, gig-proletariado o infoproletarios. Lo extraño es que se olvida que ya Marx en “El Capital” explicó cómo la clase proletaria se desgranaba en una amplia composición de subsectores, los que la mayoría de veces están superpuestos en la realidad.
2. El capital y el concepto de proletariado en Marx
En realidad, es imposible entender el capital sin afirmar al unísono la existencia del proletariado, ya que la explotación de esta clase social es la base y fuente de origen del mismo capital. Esto, porque el capital, en cuanto cosa y propiedad privada, es producto del trabajo excedente que apropia gratuitamente la clase de los capitalistas.
Así, por clase proletaria se entiende al conjunto de trabajadores que, al estar separados de la propiedad y control efectivo de los medios sociales de producción, se ven necesariamente obligados a vender su capacidad de trabajar a cambio de un salario, relación por la cual logran acceder a los medios de vida necesarios para sobrevivir. A partir de esta definición, aun general, se delimita como clase proletaria al obrero asalariado que produce y valoriza “capital”, el que se ve lanzado a la calle “tan pronto como ya no le sirve a Monsier Capital” (El Capital T1, pg 518).
Sin embargo, en forma más concreta, el capital es la relación característica de la actual sociedad, en la cual se autonomiza el movimiento de acumular capital para acumular capital, y bajo esa condición, que rige en todo lugar y en todo momento, se reproducen las demás relaciones sociales. Así, nada, ni nadie está exento de sus fuerzas. En ese sentido el proletariado no es solo una categoría económica, sino un sujeto social cuya existencia está ligada a la superación del capitalismo. Su definición integra explotación, alienación y potencial revolucionario.


3. Proletariado en activo y ejército de reserva
A pesar de que la clase proletaria es una sola, ella se segmenta de acuerdo a la diversidad de formas que puede tomar su relación social respecto del capital. Así Marx considera la diferencia entre proletariado en activo y el ejército de reserva, cuando trata sobre la ley general de la acumulación capitalista (capítulo 23, TI “El Capital”). Por esta vía presenta una imagen más concreta de la forma como se subdivide la clase proletaria, que hemos procurado resumir en el diagrama No 1.
Como lo especifica el diagrama, el proletariado se divide entre los trabajadores en activo, o que logran vender su fuerza de trabajo; y los que quedan cesantes, o en desempleo, que Marx denomina ejército de reserva, porque pueden volver a ser contratados cuando se amplía la producción.
Los trabajadores en activo se pueden subdividir de acuerdo al tipo de calificación y oficio que desempeñan. Por este camino, entre ellos se establece una jerarquía de mando de la que se beneficia el capitalista para imponer la disciplina y ejercer su gobierno autocrático dentro de los espacios de producción.
Esta jerarquía se corresponde con diferenciales salariales (y de reconocimiento), que facilitan la diligente colaboración de los elementos proletarios ubicados en la parte superior. El proletariado en activo también se divide por ramas de actividad (manufactura, minería, servicios, transporte…), generándose especialidades que incrementan las habilidades y en consecuencia la productividad, con lo cual se beneficia el capital, condición que en muchas ocasiones limita la movilidad del trabajador cuando se ve enfrentado a buscar puestos de trabajo más allá del sector donde se mueve.

También la división opera entre regiones geográficas y de origen. Con esa parcelación, el capital se beneficia porque puede imponer tratamientos diferenciales en las condiciones de contratación, al discriminar por género, origen étnico, edad, y por nacionalidades. Esto significa que, junto a la división fundamental de clases en la sociedad, también persisten los legados de otras formas de dominación social, las que el capital hereda y adapta para su beneficio. Sobre esa base, logra imponer jornadas más largas, intensas y peligrosas a las franjas proletarias más vulnerables, y a la vez pagar menores salarios, tal como sucede con el proletariado femenino, joven, de origen negro y migrante.
Con lo dicho, se comprende que el capital logra imponerle a los proletarios y proletarias la competencia individual por puestos de trabajo. De esa manera, los divide y les impone el individualismo como si fuese algo natural o normal. Así, acechado por la necesidad, como suele estar el proletario o proletaria individual, tiende a imperar la ley del “sálvese el que pueda”, y el capital encuentra más fácil imponerle condiciones de “compromiso” y sujeción respecto del trabajo, las que resultan mayores cuando la organización sindical-obrera es débil o nula. Esto explica por qué leyes que extienden los derechos de organización obrera son vistas por los capitalistas y sus partidos políticos como peligrosas, siendo un elocuente ejemplo el reciente rechazo a la iniciativa de reforma laboral en el país, aun considerando que se trataba de una iniciativa parca y muy recortada.

La competencia entre los proletarios resulta intensificada por la existencia creciente del ejército de reserva, que presiona los niveles salariales a la baja, ya que presas del desespero aceptan contratos laborales que ni siquiera cubren el valor de reposición de su fuerza de trabajo. Con esto se forja una tendencia potencial a que se imponga una superexplotación de los proletarios, en tanto el salario que perciben por la venta de su fuerza de trabajo no les reporta siquiera lo necesario para reponerla en condiciones normales. Si bien se supone que esa tendencia solo sería sustentable en el corto plazo, ella puede resultar más considerable en países con menor desarrollo capitalista, como sucede en Colombia, y donde la ley laboral apenas logra mínimos de protección en favor de los trabajadores.

Sobre estas condiciones materiales los proletarios y proletarias también pueden ser segmentados y divididos a partir de ciertas identidades colectivas, que se construyen en cuanto imaginarios de autoidentificación o de referencia. Una muy común es la división de tipo religioso, otra es la identidad nacional, e incluso del tipo de región en el mundo o al interior de un país. Junto, o incluso sobrepuestas, pueden operar distintas identidades asociadas a las costumbres, en relación a motivaciones o preocupaciones, así como a ciertas preferencias. Desde posturas posmodernas y liberales se han utilizado estas identificaciones no solo para segmentar y enfrentar a los distintos sectores -como se hizo desde hace décadas azuzando la rivalidad regional o de preferencias deportivas, por ejemplocomo también para invalidar el concepto mismo de proletariado. Para ello se ha buscado promover los llamados nuevos movimientos sociales, procurando siempre que sus reivindicaciones y luchas queden fragmentadas y separadas de la lucha global, en procura de que cada problemática particular se analice y afronte sin tener en cuenta su propia condición proletaria
4. La segmentación del ejército de reserva y el proletariado sobrante
Dentro del ejército de reserva, los desempleados se subdividen entre flotantes, latentes, intermitentes y población sobrante consolidada.

La fracción flotante se corresponde a los trabajadores que son despedidos y vueltos a renganchar entre ciclos cortos. La fracción latente hace referencia al proletariado retenido en el campo, y que suele ser identificado como campesino sin tierra o jornalero; a ella se puede sumar una parte de la que está retenida dentro de la esfera privada del hogar, en su inmensa mayoría mujeres que desarrollan los procesos de trabajo mediante los cuales se reproduce en forma gratuita para el capital la fuerza o capacidad de trabajar. Estas fracciones funcionan como un colchón estructural de oferta de mano de obra que se puede comprimir o extender de acuerdo a los ciclos de crisis y expansión capitalista. A esto se suma la fracción intermitente, que hace referencia a los trabajadores que temporalmente consiguen vender su fuerza de trabajo. Nos referimos a los trabajadores a tiempo parcial, segmento donde rigen diversos tipos de contrato, tales como por horas, transitorios, por labor específica o de servicios, de aprendizaje, o contratos por días, condición intensificada por la consolidación del capitalismo de plataforma.

Así, es tal la fuerza de la ley para legalizar y normalizar la explotación que incluso legitima estas formas de contrato que por lo general garantizan la super-explotación de la mano de obra. Más en concreto, Marx identifica que el mismo desarrollo y acumulación capitalista generan una tendencia a que se utilicen más medios de producción y una proporción relativa menor de trabajo vivo. De allí deduce que
“la acumulación capitalista produce constantemente, en proporción a su intensidad y a su extensión, una población obrera excesiva para las necesidades medias de explotación del capital, es decir, una población obrera remanente o sobrante” (El Capital TI, pg 533).
Esa relación la define como “Ley general, absoluta, de la acumulación capitalista” consistente en que, a mayor riqueza social y capital en funciones, mayor es la masa absoluta del proletariado y tanto mayor es el ejército industrial de reserva, y entre ella la fracción sobrante.
“La magnitud relativa del ejército industrial de reserva crece, por consiguiente, a medida que crecen las potencias de la riqueza. Y cuanto mayor es este ejército de reserva en proporción al ejército obrero en activo, más se extiende la masa de la superpoblación consolidada, cuya miseria se halla en razón inversa a los tormentos de su trabajo. Y finalmente, cuanto más crecen la miseria dentro de la clase obrera y el ejército industrial de reserva, más crece también el pauperismo oficial. Tal es la ley general, absoluta, de la acumulación capitalista” (El Capital TI, pg 546).

Lo contradictorio del movimiento del capital es que no sólo se acrecienta con la explotación de la clase proletaria, sino que, además, esa misma condición genera que una porción creciente del proletariado le termina sobrando al mismo capital. Esto significa que el trabajo de la clase proletaria sólo potencia al capital y a la vez empeora las condiciones para la venta de su fuerza de trabajo, por eso mismo crece la porción que le sobra al capital. Luego, por tanto, mientras exista la relación capitalista los proletarios, como clase, sólo verán que sus condiciones de vida tienden a empeorar.
“Es decir, que el rápido desarrollo de los medios de producción y de la productividad del trabajo, así como de la población productiva, se trueca, capitalistamente, en lo contrario: en que la población obrera crece siempre más rápidamente que la necesidad de explotación del capital” (El Capital TI, pg 546).
Es allí donde Marx identifica algunas sub-fracciones que compondrían esa porción que definitivamente ya no logra vender su fuerza de trabajo al capital, y que denota como población sobrante para el capital, de aquí que sus vidas pasen a depender de las ayudas oficiales del Estado, por eso la llama pauperismo oficial.

Esa tendencia a que las condiciones del proletariado empeorasen fue ampliamente discutida entre la segunda mitad del siglo XX, alegándose que estaban mejorando. Sin embargo, la mayoría de estudios se realizaron en países centrales de capitalismo consolidado y especialmente en el periodo que el capital mostró una etapa de crecimiento sostenido (1945-1980), efectos que no eran de la misma intensidad en el resto del mundo.
Además, buena parte de las mejoras en las condiciones del proletariado en esa época eran producto del impulso de la lucha de clases a nivel internacional, que se manifestaba tanto en el empuje de la organización sindical y proletaria en los países capitalistas, como en la expansión de los proyectos socialistas en diferentes continentes. Pero las cosas han cambiado radicalmente desde entonces, en tanto que la crisis de acumulación ha tratado de ser zanjada mediante la agresiva corrosión de las condiciones laborales antes vigentes. Es por eso que las estadísticas muestran con claridad que en todo el mundo crece la población proletaria, y entre ella la población proletaria sobrante, disfrazada bajo el rotulo de “trabajadores informales”1 , la que fácilmente incluye más de la mitad de la fuerza de trabajo disponible en el mundo. Por ejemplo, los datos de la OIT para 20222 señalaron que de 5.300 millones de personas en edad de trabajar (15 a 64 años), había una fuerza laboral activa de 3.400 millones, siendo empleadas 3.270 millones y sólo un desempleo de 207 millones, es decir un 5,7%. Pero, el truco de esas estadísticas es que sólo consideran como desempleado a quien no trabajo al menos una hora a la semana de referencia, criterio más que ridículo. A su vez, el empleo informal llegó a 2.000 millones de trabajadores, lo que significa que el 65% cayó en ese rango. Cifras que evidencian la tendencia a que la población le sobre al capital para sus fines de explotación.

Esa situación tiende a agudizarse a medida que se consolida el actual cambio tecnológico en curso, en el que se mezcla la inteligencia artificial y la robótica se destina a suplir puestos de trabajo. Estos cambios han venido a acelerar el proceso de proletarización de los empleados con alta calificación, tanto en áreas de investigación en las ciencias, como en el diseño de aplicaciones tecnológicas. Así, se estima que, “en las siguientes tres décadas, el 47% de los trabajos en EEUU podrían ser automatizados, particularmente los asociados a tareas repetitivas y rutinarias. Tal situación sugiere el desempleo de 800 millones de personas a nivel mundial para 2040”3 .
Bajo tales circunstancias, la población sobrante para el capital sólo tiende a crecer, tal como lo atestiguan los millones de jóvenes y no tan jóvenes que no pueden dejar la vivienda materna, así como las barriadas pobres de las grandes ciudades en el mundo, lugares donde la pobreza se traduce en una violencia sistemática y permanente. Y es tal la condición de penuria a la que es arrojada esta franja del proletariado que, incluso en medio de esas adversidades el capital se adapta para sacarle beneficios, pero mediante la imposición de un sometimiento y explotación que se puede calificar de relaciones semi-esclavas. En el esclavismo el cuerpo del trabajador y su capacidad de trabajar le pertenecen al esclavista. Y esto es lo que le sucede a un grueso de la población joven manipulada en actividades como la prostitución y como personal de reemplazo en las diversas empresas del crimen, áreas en las que las personas y sus cuerpos son usados como material desechable, en especial en las continuas guerras que libran.
5. La calle como límite real del proletariado y el exterminio de la población de calle
Como antes se señaló, todo trabajador es material prescindible para el capitalista, de modo que una vez usa y desgasta el cuerpo de los trabajadores, los desecha y los arroja a la calle. Y literalmente allí se encuentra el límite de la vida del proletariado, en tanto sus condiciones de vida permanecen en la cuerda floja, pues siempre está expuesto a quedarse sin empleo y por esa vía sin vivienda, sin servicios de salud, o sin ingresos para comer. Eso explica por qué en las grandes ciudades de Colombia hay decenas de miles de personas viviendo en la calle, realidad que los capitalistas y sus áulicos enfrentan con su ideología e instituciones, arreglándoselas para encubrir la realidad.

También permite comprender por qué el suicidio se ha convertido en una de las causas más frecuentes de muerte entre las personas de 15 a 29 años a nivel mundial, o por qué en Colombia han aumentado en un 37% las tasas de suicidio en esa franja de edad4 .
Puede que esta realidad social sea la muestra más clara de la perversidad y decrepitud del5 capitalismo: una generación entera con preparación y capacidades colosales, pero sin expectativas laborales, ni de vida. Jóvenes a los que se les arrojó a la arena de la competitividad desalmada y del individualismo alienante desde niños, pero que son desechados por el capital desde el inicio mismo de “sus juegos del hambre”. Como lo demuestran estudios en otros países, el incremento de las tasas de suicidio no es un problema mental, ni individual, si no social y está enlazado con la crisis económica, con incrementos de hasta el 20%, vinculándose a la pérdida de empleo y vivienda en todas las franjas de edad, a la falta de expectativas de futuro entre los jóvenes y al abandono económico y social en los mayores5 . En ese sentido, por ejemplo, impiden que los trabajadores obtengan puestos de trabajo estables con remuneraciones adecuadas para que durante su juventud puedan ahorrar de cara a la etapa de su vejez. También impiden que los trabajadores se jubilen y pensionen con ingresos adecuados, a la vez que imposibilitan que los servicios de salud sean adecuados y sobre todo preventivos, puesto que para el capital la producción de cuerpos enfermos es un gran negocio. Aspectos que ampliamos en los artículos subsiguientes. Así, el resultado es que en países como Colombia existen cientos de miles de personas mayores con vidas sumidas en el sufrimiento, a las que además se les impide optar por la eutanasia, tal como lo acaba de hacer el Congreso. Y, en resumen, como para el proletariado, sobre todo el sobrante, no hay ni empleo, vivienda, salud, pensión, ni vida digna, es que una porción termina arrojada en la calle, a la depresión o al suicidio. Y para el capital esa porción de la población no sólo afea y deprecia sus calles y comercios, sino que además es declarada como peligrosa, de allí que bajo el discurso de la seguridad pasen a perseguirla y asesinarla. Es decir, hasta la fracción más pobre y vulnerable del proletariado es usada para que sus cachorros fascistas se diviertan y entrenen asesinando “indigentes” mediante masacres, tal como está sucediendo descaradamente en el país.

Es indudable que el proletariado debe rebelarse frente a tales circunstancias, tal como Marx lo previó. “Por eso, lo que en un polo es acumulación de riqueza es, en el polo contrario (…) acumulación de miseria, de tormentos de trabajo, de esclavitud, de despotismo y de ignorancia y degradación moral” (El Capital TI, pg 547). Luego, del lado del capital se reduce el número de magnates con crecientes masas de capital, mientras del otro crece la miseria, pero también la rebeldía del proletariado, “cada vez más numerosa y más disciplinada, más unida y más organizada por el mecanismo del mismo proceso capitalista de producción”. Por esa vía se ha de llegar a un punto donde los dos son incompatibles y bajo esas circunstancias sonará la hora final del capital y el paso a una sociedad donde impere la cooperación y la propiedad social. Es así que, la profunda crisis social que vive la sociedad capitalista crea fuerzas que a su vez pujan por una salida. Pero esta requiere que se cumpla la condición de que se genere un proletariado cada vez más organizado y disciplinado, aspecto que apenas se reporta espasmódicamente en medio de las crisis y los ciclos de protestas proletario-populares, como las vividas en 2019 y 2021. En ese contexto también brota la pregunta sobre la fuerza de las reformas de ley, como las presentadas por el actual gobierno, para modificar tanto las condiciones de vida como organizativas del proletariado, y sobre cómo los movimientos sociales pueden aportar a la construcción de esa unidad organizativa, en particular cuando el proletariado se encuentra tan individualizado, disperso y a veces decepcionado. Por lo pronto, sólo dejamos los interrogantes y esperamos abordarlos en los artículos subsiguientes.

____________________________________________________________________________________________
Bibliografía
1. Efectivamente, no hay ningún «fin de la clase obrera». De acuerdo a la Organización Internacional del Trabajo, entre 1991 y 2019, el porcentaje de personas que viven exclusivamente de sus salarios («empleados») oscila entre el 44 y el 55% (…) Se estima que, en las economías desarrolladas, los asalariados representan cerca del 90% del empleo total. Pero en las economías emergentes y en vías de desarrollo, los empleados representan, con suerte, el 30% del empleo total.”, Nicolás Allen, entrevista a Marcel van der Linden, el fin de la clase obrera”, en Rebelión.org, 28-09-24
2. OIT, “World Employment and Social Outlook: Trends 2023”, enero.
3. Esto se amplía en el artículo “Inteligencia artificial, trabajo y procesos productivos”, en Revista Proletaria No 15, Praxis.




Comentarios