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Situación laboral de la mujer en Colombia: explotación, doble jornada y exclusión

  • 21 jul
  • 16 min de lectura

Centro de Pensamiento y Teoría Praxis - Revista Proletaria N.17



Después de examinar la composición general de la fuerza de trabajo en Colombia y cómo se distribuye entre clases, vamos a analizar la situación laboral de la mujer en Colombia, que cómo veremos es el segmento más sobreexplotado del proletariado. Debemos empezar señalando que los crecientes niveles de pobreza, precarización, desempleo y sobrecarga laboral que sufren las mujeres no son meros residuos del pasado, sino el resultado de un sistema -el capitalista- que reconfigura las viejas relaciones patriarcales para reforzar y profundizar sus ciclos de acumulación. En este sentido, la opresión y sobreexplotación de la mujer no es un problema de “atraso” que se puede solucionar con más desarrollo capitalista, ni tampoco es un tema de“falta de voluntad”. Al contrario, la voluntad y orientación del capital –sobretodo en las crisis- es absolutamente patente: mantiene la opresión sobre las mujeres porque le sirve como dispositivo de intensificación de la explotación y además como mecanismo de fractura y debilitamiento de la conciencia de clase.1 Al afincar la responsabilidad de la reproducción de la fuerza de trabajo sobre las espaldas de las familias proletarias -mediante el trabajo doméstico y la depauperación deliberada de los servicios públicos de cuidado-, el capital recarga en el hogar costos que deberían ser socializados e impone así salarios que pueden situarse por debajo del valor de reposición de la fuerza de trabajo. De esa forma, la naturalización del cuidado como “tarea femenina” no solo fragmenta la clase, sino que enmascara esta descarga de costos, convirtiendo la sobreexplotación de las mujeres en un mecanismo de ajuste que erosiona las condiciones de vida y la cohesión política y organizativa de toda la clase proletaria.


1. El trabajo doméstico y de cuidado no remunerado (TDCNR) y el valor de la fuerza de trabajo


Dentro del capitalismo, la fuerza de trabajo es una mercancía cuyo valor, como el de cualquier otra, queda determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para reproducirla. Este valor se compone de varios elementos que permiten la manutención de la familia proletaria: i) los bienes físicos mercantiles, como alimentos, vestido o vivienda, que se adquieren directamente en el mercado con el salario; ii) los servicios mercantiles privados como la educación o la salud que también se cubren con el salario directo; y iii) los servicios públicos como la educación pública, la sanidad universal o la atención a personas dependientes, que se financian vía salario indirecto (impuestos). Estos bienes y servicios —ya sean privados o públicos— se realizan en el ámbito del mercado, están regidos por la ley del valor y tienen un reconocimiento económico y social explícito mediante los precios. Sin embargo, existe una cuarta fracción crucial para la reproducción de la fuerza de trabajo que escapa por completo a esta lógica: el Trabajo Doméstico y de Cuidados No Remunerado (TDCNR). Recluido en la esfera de la producción doméstica, este trabajo (la cocina diaria, la limpieza, el cuidado directo de hijos y ancianos,...) no se transa como mercancía, no está regido por la ley del valor y carece, por tanto, de reconocimiento social y económico. Al ser asumido como una tarea “natural” y gratuita, principalmente de las mujeres, el TDCNR permite una subestimación estructural del valor de la fuerza de trabajo-VFT y se convierte en un “subsidio” encubierto al capital, o más concretamente, en un mecanismo de sobreexplotación de las familias proletarias.


El TDCNR se asume como un trabajo “natural” y gratuito de las mujeres, lo que permite una subestimación estructural del valor de la fuerza de trabajo y así el capital puede imponer salarios por debajo de su costo real de reposición.




La magnitud de este “subsidio” es abrumadora. Según el DANE2 , el TDCNR equivaldría a $230,3 billones de pesos si se realizara bajo relaciones mercantiles, cerca de una quinta parte del PIB anual. El 77,7% de este trabajo recae sobre las mujeres, evidenciando que la división sexual del trabajo impone a las mujeres una doble jornada y reproduce las condiciones de opresión y desigualdad que se sufren al interior del hogar. Para visualizar esta sobreexplotación, podemos calcular la brecha entre el VFT actual—que solo cubre la canasta de mercancías—y el VFT potencial (incluyendo el TDCNR). Esta brecha significa 271 horas mensuales de trabajo gratuito por familia3, que desenmascaran el mecanismo por el cual el capital logra pagar el valor de la fuerza de trabajo por debajo de su costo de reposición real4.




Sin embargo, esta apropiación indirecta de plusvalor es invisibilizada por la forma como se organiza la familia en el capitalismo, donde se mantienen las viejas prácticas patriarcales que benefician y refuerzan las relaciones capitalistas. Al naturalizar el TDCNR como “obligación femenina” y atributo de una supuesta naturaleza cuidadora, el capital conserva este mecanismo de ajuste que se traduce en menos gasto en servicios públicos, salarios más bajos, y una transferencia de costos a las familias. El resultado es que se bloquea la socialización de los cuidados y se fragmenta la solidaridad de clase desde adentro.


Es ilustrativo recordar que avances como la educación pública, la sanidad universal o las guarderías socializaron parte de los costos de reproducción de la fuerza de trabajo, incrementando su valor y mejorando las condiciones de vida de las familias proletarias, especialmente de las mujeres. Estos progresos, fruto de la lucha de clases, constatan que el VFT no responde a necesidades puramente biológicas, sino que es un resultado histórico y social. Cada una de estas conquistas representan un terreno arrancado al capital y deben ser consolidadas como trincheras desde las que seguir avanzando, pues no solo disminuyen la opresión de las mujeres, sino que fortalecen materialmente a toda la clase.


Sin embargo, el camino por recorrer es aún largo. Según las cuentas del DANE, las actividades de cuidado socializadas tanto en el ámbito público como mercantil (salud, educación y servicio doméstico remunerado) representan el 8,8% del valor agregado, mientras que el TDCNR representa el 17,9%. Esto significa que solo un tercio de todos los servicios de cuidado y reproducción son cubiertos por los salarios —directos o indirectos—. Los otros dos tercios aún se realizan de manera gratuita en los hogares proletarios.


En otras palabras, el capital se apropia gratuitamente de un tiempo de trabajo equivalente al 17,9% del valor agregado total, succionándolo sin contraprestación a las familias proletarias —y, más concretamente, de las mujeres.


2. Carga global de trabajo


Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) 2024-2025, la carga total de trabajo diaria de las mujeres -definida como la suma del tiempo diario destinado al trabajo remunerado y al no remunerado- fue de 15 horas y 19 minutos, mientras que la de los hombres fue de 12 horas y 21 minutos. Tanto hombres como mujeres del proletariado deben entregar diariamente jornadas acrecentadas al servicio del capital, sin embargo, existe una carga adicional de casi 3 horas (2:58) para las mujeres cada día.



Esta desigualdad se origina porque la división sexual del trabajo impone a las mujeres la mayor parte de la carga de trabajo no remunerado. En promedio, se ven forzadas a destinar diariamente 7 horas y 35 minutos al trabajo no remunerado, lo que supone más del doble del que destinan los hombres, que es 3 horas y 12 minutos. Ahí es donde se refleja con claridad la doble jornada de trabajo que realizan las mujeres proletarias, donde la primera sólo supone un gasto inmenso de energía y de tiempo que contribuye a mantener su subyugación, sacrificio que socialmente se camufla como su amoroso servicio a la familia.


Esta carga acrecentada de trabajo limita severamente el acceso y la permanencia de las mujeres en el empleo remunerado. Como consecuencia, su tasa de participación en el mercado laboral es del 52,6%, frente al 76,6% para los hombres.5 También se manifiesta en una mayor inserción en los segmentos más precarios del mercado laboral y en una profundización del ciclo de pobreza.


Los datos de la ENUT ayudan a constatar que las crisis capitalistas, al recortar y remercantilizar los servicios públicos de cuidado, intensifican la sobreexplotación sobre las mujeres. Por ejemplo, durante la crisis de 2020, la brecha de trabajo total entre hombres y mujeres se amplió un 70,7%: las mujeres pasaron a trabajar 3h18m más que los hombres diariamente (15h 21min vs 12h 03min). Esto significa que para los hombres la caída de ingresos redujo su carga total de trabajo, mientras que para las mujeres se incrementó en una hora extra de tareas no remuneradas. La brecha expresa la diferencia estructural entre un trabajo regido por la ley del valor y otro que, pese a ser indispensable, permanece fuera de ella.





Inclusive vemos que durante la pandemia los hombres dedicaron menos tiempo al TDCNR. Este incremento de la desigualdad intrahogar, sumado al hecho de que esa “hora adicional” que la crisis consolidó persiste cinco años después, evidencia una alianza machismo-capital que revertió derechos socioeconómicos y profundizó la opresión machista en el interior de los hogares.


Sin embargo, esa supuesta sinergia lejos de reportar un beneficio real a los hombres proletarios, refleja un desconocimiento profundo de sus intereses históricos, ya que sólo sirve para abaratar la reproducción de la fuerza de trabajo, reduciendo los salarios y aumentando la plusvalía extraída de toda la clase trabajadora. Por eso es importante entender que subyugación y doble explotación de la mujer es un componente estructural y funcional a la acumulación de capital, que utiliza las normas sociales patriarcales como una palanca para profundizar la explotación de toda la clase, bloquear la socialización de los cuidados y minar la solidaridad de clase. Además durante las crisis el capital utiliza el ejército de reserva de mano de obra femenina para recomponer la tasa de ganancia, expulsándola de la fuerza laboral activa o intensificando su explotación. En ese sentido la cultura machista alimenta la flexibilidad laboral femenina- es decir, la capacidad de ser expulsadas y reincorporadas según las necesidades del capital.


3. La migración como válvula de escape


No debemos olvidar el papel que juega de la migración como válvula de escape para el capital, mediante la expulsión de proletariado sobrante en tiempos de crisis. En Colombia, este mecanismo opera desde hace al menos cinco décadas forzando la emigración de millones de personas. Aunque el registro del DANE no se ha actualizado desde 2005, la Cancillería estimó en 2020 en 5,5 millones los colombianos en el exterior6. Sin embargo, teniendo en cuenta la dinámica de los flujos migratorios, lo más probable es que la cifra real supere ya los 6 millones. Dado que el 56% son mujeres y el 95% tiene más de 15 años, podemos inferir que cerca de 3 millones de mujeres en edad laboral están fuera del país.




Este “escape” para el capital se convierte la mayoría de las veces en una trampa de sobreexplotación para las mujeres proletarias. En países como los europeos, con población nativa envejecida pero con ingresos medios, se produce una emigración colombiana claramente feminizada, 66 hombres por cada 100 mujeres, marcada por su empleo en el sector doméstico y sanitario. Por ejemplo en España -donde están el 17% de las mujeres colombianas migrantes- el 32% de ellas trabaja en el sector de cuidados domésticos, con ingresos 40% por debajo del salario medio y jornadas que superan las 60 horas semanales.


Pero lo más grave es que para una fracción importante de mujeres migrantes, la “mercantilización extrema” del cuerpo femenino deviene en prostitución forzada. Los cuatro millones de colombianas desplazadas internamente7 resultan altamente vulnerables a la cadenas migratorias de la explotación sexual. Las estadísticas son brutales: una mujer nacida en Colombia y residente en España tiene 40 veces más riesgo de prostitución que una mujer de la misma edad nacida en España (0,8% vs 31,7%). Ese dato ya evidencia que la prostitución no es una opción sino una amarga condena, que estaría sufriendo una de cada tres mujeres colombianas residentes en España de 18 a 50 años, según estimaciones del Ministerio de Igualdad (2024)8. Estos datos se refrendan con el hecho de que el 44% de las víctimas rescatadas de la trata con fines sexuales en España son colombianas , y su reclutamiento por redes asociadas al narcotráfico se canaliza precisamente mediante ofertas falsas de trabajo doméstico o cuidados.


Así, el capitalismo colombiano exporta su “excedente” de mano de obra y, simultáneamente, se beneficia de los flujos de divisas mediante remesas que permiten sostener la demanda y la producción interna, mientras las mujeres migrantes reemplazan en los países centrales el trabajo de cuidados no remunerado, pero ahora bajo condiciones de mayor explotación directa, violencia y trata.



4. Mercado de trabajo, exclusión y pobreza


A estas alturas tenemos claro que eso de trabajar duro para salir de pobres no aplica para el proletariado, y mucho menos para las mujeres proletarias, ni siquiera cuando emigran. Todo lo contrario: cuantas más horas y en condiciones más fatigosas se trabaja, más pobre se es. Esa es la esencia del capitalismo, que succiona la riqueza generada por el trabajo para amasarla como instrumento de explotación, es decir, como capital.


Dentro de esa lógica, la descomunal carga de trabajo no remunerado que soportan las mujeres se traduce, en el mercado laboral, en una situación de desventaja estructural que se materializa, en primer lugar, en una alta exclusión de la fuerza laboral. La tasa de inactividad femenina (47,4%) duplica a la masculina (23,3%).9


Al analizar la población fuera de la fuerza de trabajo (PFFT), la desigualdad se hace palpable. Mientras el número de estudiantes es similar entre sexos, el de mujeres jubiladas o pensionadas es significativamente menor (6% vs. 9,6%). Sin embargo, el dato más elocuente es que 7 millones de mujeres se declaran dedicadas a los oficios del hogar. Esto significa que la imposición del trabajo reproductivo saca del mercado laboral de un manotazo, a más de un tercio de las mujeres en edad de trabajar.


Para las que logran ingresar al mercado laboral, las desventajas no cesan. La tasa de desocupación femenina (11,0%) casi duplica la masculina (6,9%), actuando como un ejército de reserva específico que presiona los salarios a la baja y perpetúa la dependencia económica. A esto se suma un 1,2% de mujeres que trabajan en negocios familiares sin remuneración. En conjunto, un 54,2% de las mujeres en edad de trabajar carece de ingresos propios, lo que las sitúa en una posición de gran dependencia y vulnerabilidad, bases materiales de la continuidad de la violencia machista.


Pero además, entre el 45,8% restante -las que sí tienen ingresos- la precariedad es la norma: un 7% son empleadas domésticas y un 37% son trabajadoras por cuenta propia, condición que casi siempre equivale a la informalidad y la pobreza10. Además, se observa una clara segmentación laboral que concentra a las mujeres en sectores como comercio, servicios domésticos, educación y salud, extensiones naturalizadas de su rol reproductivo y, a la vez, los sectores de menores salarios y mayor precariedad.




La raíz de esta exclusión y precarización es la “domesticación” de los costos de reproducción social: la estrategia capitalista de descargar sistemáticamente estos costos en la esfera doméstica y, fundamentalmente, sobre los hombros de las mujeres. Mientras tanto, el capital se desentiende por completo de esta función y el Estado sólo la cubre en un grado mínimo. Esta insuficiencia estructural reproduce y profundiza la abismal desigualdad del país, que según el PNUD es la tercera nación más desigual del mundo en términos de ingresos, solo superada por Sudáfrica y Namibia.11


Las consecuencias en términos de pobreza son brutales. Más de un tercio (36,1%) de los hogares con jefatura femenina sufren pobreza monetaria, una tasa significativamente superior a la de los hogares con jefatura masculina (28,4%). De ese grupo, casi la mitad se encuentra en pobreza extrema, incapaz de costear incluso una alimentación adecuada.


La situación es igualmente grave a nivel individual. En 2020, el 40,6% de las colombianas vivía en la pobreza, una cifra muy por encima del 27,2% del promedio regional y que situaba a Colombia como el segundo país con la tasa más crítica de América Latina, solo por detrás de Honduras. El desempleo femenino (21,4%) era casi el doble del promedio regional (11,6%), y el 39% de las mujeres carecía de ingresos propios, muy por encima del 26% regional.13


En relación a la desigual afectación de la pobreza entre género, podemos ver en el siguiente gráfico cómo durante el período previo a la pandemia, el PIB per cápita de las mujeres se situaba, en promedio, en torno a un 67% del de los hombres. Esto indica una brecha estructural profunda y persistente, donde los ingresos de las mujeres eran apenas dos tercios del de los hombres. Pero durante la crisis ese porcentaje se desplomó, alcanzando apenas un 55% del producido por los hombres. Esta súbita devaluación de su participación en el PIB vuelve a mostrarnos cómo el capitalismo utiliza el machismo como regulador de la oferta laboral: en tiempos de crisis, las mujeres son las primeras en ser sacrificadas del mercado laboral, reconfinándolas dentro del hogar a su función reproductiva forzosa.




Esta cadena de explotación y exclusión que estamos analizando tiene su eslabón más cruel en la situación de la infancia. Las cifras ponen de manifiesto que la presencia de menores de 12 años es un factor determinante y multiplicador del riesgo de pobreza, desmintiendo brutalmente el viejo dicho de que “cada niño viene con un pan debajo del brazo”. La realidad del país evidencia que más bien los niños y niñas nacen con su pedazo de miseria debajo del brazo. Así, bajo el capitalismo tener hijos lejos de ser una bendición es sinónimo de empobrecimiento severo.


La probabilidad de pobreza monetaria se dispara con cada hijo14: Sin hijos 19.7%, con 1 hijo 35.1% (casi se duplica), con 2 hijos 52.6% (se multiplica por 2.6) y con 3 o más hijos 76.3% (afecta a casi 8 de cada 10 hogares). Esta pauperización es aún más descarnada en la pobreza extrema, donde la incidencia se triplica con dos hijos (llegando al 20%) y alcanza al 40.7% de los hogares con tres o más niños.15



5. Socializar el cuidado aprovechando todas las potencialidades del desarrollo productivo


Bajo el capitalismo en millones de hogares se malgasta buena parte de la vida de las mujeres repitiendo siempre las mismas tareas. El TDCNR al realizarse en el hogar, escapa tanto de la lógica de la competencia capitalista como de cualquier posibilidad de planificación social. Por eso mismo resultan tareas socialmente ineficientes: cocinar para una familia requiere más tiempo por plato que hacerlo en un comedor industrial. Pero esta ineficiencia no incrementa el valor de la fuerza de trabajo; solo se traduce en una carga descomunal y una vida más individualizada, agotadora y alienante para las mujeres proletarias, quienes asumen mayoritariamente esa labor.


Por eso, la lucha por la socialización completa de las labores de los cuidados —a través de servicios públicos universales— es estratégica. No solo liberaría a las mujeres de la doble jornada, sino que transferiría esos costos directamente al capital, siendo una reivindicación fundamental en la lucha por reducir la explotación. Esta es la razón profunda de la resistencia capitalista a las demandas por un sistema público integral de cuidados: su consecución desvela el verdadero costo de la reproducción de la fuerza de trabajo y mejoraría las condiciones de toda la clase obrera.


El programa de gobierno de Petro proponía crear un Sistema Nacional de Cuidado basado en tres principios: i) Reconocer y recompensar; ii)Reducir y iii) redistribuir. Ya de primeras llama la atención que ese reparto se dé entre el Estado, los hombres, las comunidades y la familia, pero no se incluya a las empresas. No parece casualidad que al capital se le libre de obligaciones, cuando es una vieja reivindicación de las mujeres y los sindicatos que las empresas cubran las necesidades de alimentación y de cuidado a través de guarderías y de comedores.




Un problema mayor es que cuando ese programa se materializa en el CONPES 4143 sobre la Política Nacional de Cuidado, tiene un enfoque todavía más reformista y culturalista que el que consideraba el Programa. No propone nada en dirección a la socialización de trabajo doméstico, ni en construir una infraestructura pública masiva que propenda por la organización industrial y el aprovechamiento de los avances tecnológicos, medios imprescindibles para reducir esa parte del tiempo que la sociedad emplea para los trabajos de cuidado y reproducción y que recaen sobre los hombros de las mujeres proletarias. Sin una política tendiente a generalizar y socializar las tareas de cuidado y la producción de bienes de consumo colectivos, las iniciativas de CONPES no pasan de ser una palmadita de reconocimiento en las cansadas espaldas de las proletarias.


Las propuestas se reducen a i) ayudas paliativas de la pobreza; ii) una vacua esperanza de que con campañas publicitarias se pueda cambiar la distribución del trabajo en el hogar y iii) una contradictoria propuesta a fortalecer las formas comunitarias y ancestrales, que precisamente son las que más incrementan la subyugación y el tiempo de trabajo gratuito de las mujeres.


La materialización práctica es que todo el presupuesto del CONPES se destina básicamente a transferencias monetarias a los hogares más pobres y a campañas de publicidad, pero no soluciona ninguno de los problemas de fondo; ni el de la pobreza, ni mucho menos el de la doble explotación de la mujer. La verdadera solución para la emancipación de las mujeres proletarias incluye la lucha por los Bienes de Consumo Colectivo. Optar por ejemplo por una política de restaurantes públicos industrializados permitiría un ahorro neto del 50% de recursos monetarios, al aprovechar las economías de escala en compras y la eficiencia energética y de bienes de equipo. De esa forma el mismo presupuesto inicial podría cubrir al doble de familias, con lo que tendría el doble de impacto en reducción de la pobreza. Además contribuiría a reducir considerablemente el TDCNR, ya que se estima que 40% de ese tiempo se utiliza en tareas relacionadas con la alimentación familiar. Otras externalidades positivas que tendrían medidas de este tipo- enfocadas a socializar el trabajo doméstico- serían: una mejor cobertura nutricional, un aumento de la socialización comunitaria y mucho más tiempo para el ocio, la educación y el trabajo remunerado./



Bibliografía


1. Así, el machismo cumple el mismo papel que el racismo y la xenofobia.


2. DANE (2023). Boletín Técnico: Cuenta Satélite de Economía del Cuidado (CSEC) – Cuenta de producción y generación del ingreso del Trabajo Doméstico y de Cuidado no remunerado (TDCNR) – 2021 provisional. Bogotá, D.C., Colombia. DANE. (2022). Boletín Técnico: Cuenta Satélite de Economía del Cuidado (CSEC) – Valoración económica del Trabajo Doméstico y de Cuidado no Remunerado (TDCNR) e indicadores de contexto 2021. Bogotá, D.C., Colombia.


3. 136 horas por cada mujer mayor de 10 años y 39 horas por cada hombre mayor de 10 años


4. En ese cálculo falta por añadir inclusive el tiempo de desplazamiento al sitio de trabajo, que también es tiempo necesario para la reproducción del capital, pero que éste no remunera a los y las trabajadores. Curiosamente cuando un alto ejecutivo tiene que desplazarse si se contabilizan ese tiempo y los costos adjuntos, como gastos operativos, pero no sucede así cuando lo hace una proletaria o proletario.


5. bol-GEIHMLS-jun-ago2025.pdf


6.https://www.cancilleria.gov.co/sites/default/files/FOTOS2020/estudio_de_caracterizacion_de_los_usuarios_que_atiende_ cada_uno_de_los_consulados_de_colombia_en_el_exterior._version_boton_de_transparencia_27nov20.pdf


7.ACNUR (2023). Desplazamiento y trata de personas en Colombia: un análisis de género. Bogotá: ACNUR


8. Estimación prostitución (Ministerio de Igualdad 2024): Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género (2024). Trata, explotación sexual y prostitución de mujeres: una aproximación cuantitativa. Ministerio de Igualdad. Madrid. Aplicación del método Poisson Truncado a 114.576 anuncios web revela un universo de 152.735-184.234 mujeres en prostitución en España (2023), de las cuales el 44,45% son colombianas, lo que da un estimado de entre 65.676 y 79.221. Teniendo en cuenta que según el INE en 2023 había 192.499 mujeres nacidas en Colombia (18-50 años) residentes en España —incluyendo naturalizadas—, nos da que entre (34-41%) de las mujeres en esa franja de edad podrían estar o haber estado en prostitución. Disponible en: https://violenciadegenero.igualdad.gob.es


9. ISOQuito(2023). Educadas, longevas, pero más pobres y menos valoradas que los hombres: Monitoreo nacional- Colombia 2023. Articulación Feminista Marcosur. (https://mujeresdelsur.cotidianomujer.org.uy/wp-content/uploads/2023/11/IsoQ_Colombia2023.pdf)


10. DANE: Boletín técnico Pobreza Monetaria en Colombia 2024 (https://www.dane.gov.co/files/operaciones/PM/bol-PM-2024.pdf). El 40% de los cuenta propia viven en condiciones de pobreza.


11. United Nations Development Programme (UNDP). (2025). Human Development Report 2025: A matter of choice. People and possibilities in the age of AI. https://hdr.undp.org/system/files/documents/hdr2025reportenpdf.pdf


12. Tasa de incidencia de la pobreza si el jefe de hogar es mujer 36,1%; tasa de incidencia de la pobreza extrema si el jefe de hogar es mujer 14%. Esas tasas son del 28,4% y del 9,8% repectivamente en caso de que el jefe de hogar sea hombre. Fuente: DANE, cálculos con base en la Gran Encuesta Integrada de Hogares (2024).



14. DANE: Boletín técnico Pobreza Monetaria en Colombia (PM) Año 2024


15. Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). (2025). Boletín técnico: Encuesta Nacional de Calidad de Vida (ECV) 2024. Bogotá D.C., Colombia

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